Tres días después, el 15 por la mañana, gran cantidad de carruajes se agolpaba delante del palacio Slobodski.
Los salones estaban llenos. En el primero se encontraban los nobles, de uniforme; en el segundo, los mercaderes con sus medallas, sus barbas y sus caftanes azules.
En la sala de los nobles reinaba gran bullicio y movimiento. Los dignatarios más importantes estaban sentados ante una mesa, bajo el retrato del Emperador, en sillas de alto respaldo. La mayor parte de los reunidos paseaban por la sala.
Todos aquellos hombres, a quienes Pierre veía cada día en el Club o en sus casas, vestían uniformes, unos del tiempo de Catalina la Grande, otros de Pablo I o Alejandro I y los más el uniforme corriente de la nobleza. La similitud confería algo extraño y fantástico a las fisonomías viejas y jóvenes, tan conocidas como diversas. Los más sorprendentes eran los ancianos, cegatos, desdentados, calvos, gruesos y pesados o delgados, pálidos y llenos de arrugas. Estos últimos, en su mayor parte, permanecían sentados y silenciosos; si alguno de ellos paseaba o mantenía una conversación, procuraba reunirse con gente de menos edad. Como en los rostros de la gente que Petia había visto en la plaza, todas aquellas caras reflejaban una asombrosa contradicción entre la común espera de algo solemne y las conversaciones habituales sobre hechos cotidianos: la partida de boston del día anterior, el cocinero Petrushka, la salud de Zinaida Dmítrievna, etcétera.
Pierre, enfundado desde la mañana en su uniforme de gentilhombre, que le venía estrecho, paseaba por las salas. Estaba conmovido: aquella extraordinaria reunión, no sólo de la nobleza, sino también de los mercaderes —de los estamentos, états généraux—, suscitaba en él una serie de ideas hacía tiempo olvidadas pero profundamente arraigadas en su espíritu: ideas sobre el Contrat social y la Revolución francesa.
Las palabras del manifiesto, señaladas por él, según las cuales el Zar iba a Moscú para "consultar" con su pueblo, lo confirmaban en su opinión. Y suponiendo que en ese sentido se preparaba algo importante, que él esperaba desde hacía tiempo, iba de un lado a otro, escuchando las conversaciones, pero ninguno de los presentes se refería a lo que le interesaba.
Se había dado lectura al manifiesto del Emperador, que provocó el entusiasmo de los reunidos; después, todos se dispersaron charlando animadamente. Además de los temas de interés general, Pierre oía hablar acerca del lugar que debían ocupar los mariscales de la nobleza cuando entrara el Emperador; sobre el tiempo oportuno para ofrecer un baile al Soberano o sobre la conveniencia de reunirse por distritos o juntos, etcétera. Pero en cuanto se tocaba el tema de la guerra y los motivos de aquella reunión, las palabras se hacían vagas y vacilantes. Todos preferían escuchar que hablar.
Un hombre de mediana edad, apuesto y bien parecido, con uniforme de marino retirado, había empezado a hablar en una sala y todos se reunían alrededor de él. Pierre se acercó a aquel grupo para escuchar al marino. El conde Iliá Andréievich, que vestido con su uniforme de voievoda de los tiempos de Catalina la Grande iba de un lado a otro con su eterna sonrisa amable, se había acercado también al grupo —donde conocía casi a todos— y con movimientos de cabeza aprobaba sonriente lo que se decía. El marino retirado hablaba con gran valentía: así se notaba por el gesto de sus oyentes y porque muchos hombres a los que Pierre conocía como moderados y dóciles se apartaron en seguida, como desaprobando sus manifestaciones, o bien lo rebatían. Pierre se abrió camino hasta el centro del grupo; escuchó al marino y quedó convencido de que se trataba de un verdadero liberal, pero en un sentido muy diverso del que él habría deseado. El marino, con una voz de barítono especialmente sonora, melódica, propia de los nobles, pronunciaba las erres de una forma gutural bastante agradable, abreviando las consonantes, y con el tono con que se suele gritar "¡camarero, la pipa!" seguía hablando con la entonación del que está acostumbrado al poder y el jolgorio.
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Guerra Y Paz - León Tolstoi
ClassicsPrincipios de S. XIX, mientras Napoleón planea como invadir Rusia, Natasha, Pierre, Andréi, María y Nikolái descubrirán que tanto en la vida como en el amor hay tiempos de guerra y de paz.
