A la hora fijada, el príncipe, empolvado y afeitado, entró en el comedor, donde lo esperaban su nuera, la princesa María, mademoiselle Bourienne y el arquitecto del príncipe, que, por un extraño capricho suyo, era admitido a la mesa, aunque por su posición social aquel hombre insignificante no podía pretender semejante honor. El príncipe, quien siempre tuvo gran cuidado en distinguir las condiciones sociales y rara vez admitía a su mesa siquiera a distinguidos funcionarios de la provincia, con el arquitecto Mijaíl Ivánovich, que se sonaba tímidamente con su pañuelo a cuadros en un rincón, quería demostrar que todos los hombres son iguales, y con frecuencia decía a su hija que Mijaíl Ivánovich no era en nada inferior a ellos mismos. Y en la mesa el príncipe se volvía con mayor frecuencia hacia el silencioso Mijaíl Ivánovich que hacia los demás.
En el comedor, de techos altísimos, como todas las demás estancias de la casa, los lacayos y camareros, erguidos detrás de cada silla, esperaban la entrada del príncipe; el mayordomo, con la servilleta al brazo, seguía los preparativos, hacía señas a los lacayos sin dejar de echar inquietas miradas al reloj de pared y a la puerta por la cual debía aparecer el príncipe. El príncipe Andréi examinaba un gran cuadro con marco dorado, nuevo para él, que representaba el árbol genealógico de los Bolkonski, colocado frente a otro cuadro, también con un marco enorme, que debía de ser el retrato muy mal hecho (obra evidente de un pintor doméstico) de un príncipe coronado, con seguridad un descendiente de Rurik, iniciador de la estirpe de los Bolkonski. El príncipe Andréi, moviendo la cabeza y sonriendo, miraba el árbol genealógico con el mismo gesto con que se mira un retrato ridículo, pero parecido.
—¡Cómo lo reconozco en todo esto!— dijo a la princesa María, acercándose a ella.
La princesa María miró con asombro a su hermano. No podía comprender de qué sonreía. Todo cuanto hacía su padre era para ella motivo de veneración y excluía toda crítica.
—Todos tienen su talón de Aquiles— prosiguió el príncipe Andréi. —¡Donner dans ce ridicule, [1] con su enorme inteligencia!
La princesa María, incapaz de comprender el atrevido razonamiento de su hermano, se disponía a contestarle cuando resonaron en el despacho los pasos esperados. El príncipe entraba siempre con rapidez, alegremente —así lo hacía en cada ocasión—, como si quisiera contraponer sus apresurados movimientos al severo orden reinante en la casa. Al mismo tiempo el gran reloj de péndulo dio dos campanadas y el de la sala vecina respondió con su delicada vocecita. El príncipe se detuvo; bajo sus cejas copiosas, los ojos animados, severos y brillantes, miraron a los invitados y se detuvieron en la joven princesa Lisa. Ella, en aquel instante, experimentó la sensación de un cortesano cuando entra la familia real: ese mismo sentimiento de temor y respeto imponía el viejo a cuantos se le acercaban. Acarició la cabeza de la joven princesa y con mano torpe le dio unas palmaditas en la nuca.
—Estoy contento, estoy contento— dijo, mirándola fijamente otra vez a los ojos; después siguió adelante y se sentó en su sitio. —Siéntense, siéntense; Mijaíl Ivánovich: siéntese.
Señaló a su nuera un puesto a su lado. El camarero colocó una silla para ella.
—¡Oh! ¡Oh! Te has dado demasiada prisa, no está bien— dijo el viejo, mirando el abultado talle de la princesa.
Se echó a reír: una risa seca, fría, desagradable —así reía siempre—, tan sólo con la boca y no con los ojos.
—Hay que pasear mucho, mucho, cuanto más mejor— comentó.
La princesa Lisa no escuchaba o no deseaba escuchar sus palabras. Guardaba silencio y parecía confusa. El príncipe le preguntó por su padre y la princesa empezó a hablar, sonriente. Le hizo preguntas sobre las amistades comunes, y la princesa, animándose aún más, contó al príncipe los sucesos y murmuraciones de la ciudad y le transmitió los saludos de los conocidos.
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Guerra Y Paz - León Tolstoi
ClassicsPrincipios de S. XIX, mientras Napoleón planea como invadir Rusia, Natasha, Pierre, Andréi, María y Nikolái descubrirán que tanto en la vida como en el amor hay tiempos de guerra y de paz.
