El príncipe Andréi, a caballo, se quedó en la batería, contemplando el humo del cañón que había disparado el proyectil. Sus ojos recorrieron el vasto horizonte. Vio que las tropas francesas, inmóviles hasta entonces, se movían ahora y que, a la izquierda, había, en efecto, una batería. El humo del disparo no se había disipado aún. Dos jinetes franceses, posiblemente dos ayudantes de campo, galopaban por la montaña. Al pie de ella, seguramente para reforzar las avanzadas, marchaba una pequeña columna enemiga claramente visible. Aún no había desaparecido el humo del primer disparo cuando ya se veía otro humo y se oía el segundo cañonazo. Comenzaba la batalla. El príncipe Andréi volvió grupas y se lanzó al galope por el camino de Grunt en busca del príncipe Bagration. A sus espaldas no dejaban de oírse los cañonazos, cada vez más fuertes y frecuentes. La batería rusa empezaba a contestar. Abajo, hacia la parte por donde cruzaron los parlamentarios, se oía fuego de fusiles.
Lemarrois acababa de entregar a Murat la amenazante- carta de Bonaparte, y Murat, avergonzado y deseoso de reparar su error, avanzó de inmediato sus tropas desde el centro para rebasar los dos flancos, con la esperanza de aplastar, antes del anochecer y de que llegara al Emperador, el insignificante destacamento que tenía delante.
"¡Ha comenzado! ¡Ya estamos combatiendo!", pensó el príncipe Andréi, sintiendo que la sangre afluía con fuerza a su corazón. "¿Pero dónde? ¿Dónde estará mi Toulon?"
Al pasar ante las compañías en las que un cuarto de hora antes había visto a los soldados comiendo su rancho y bebiendo vodka, vio por todas partes los mismos rápidos movimientos, los soldados formaban filas y cogían sus fusiles; en todos los rostros brillaba la misma excitación que sentía su corazón. "¡Ha comenzado! ¡Estamos combatiendo! ¡Es terrible y alegre a la vez!", parecía decir el rostro de cada soldado y de cada oficial.
Antes de llegar al parapeto en construcción vio, a la luz de aquel brumoso día otoñal, a varios jinetes que se le acercaban. El primero de ellos, con capa de fieltro caucasiano y gorro de astracán, montado en caballo blanco, era el príncipe Bagration. Bolkonski se detuvo y esperó. El príncipe Bagration detuvo también el caballo y, reconociendo a Bolkonski, lo saludó con un movimiento de cabeza. Continuó con los ojos fijos delante de sí mientras el príncipe Andréi le daba cuenta de todo lo que había observado.
La expresión de "ha comenzado, ya estamos combatiendo" se dibujaba también en el rostro bronceado del príncipe Bagration; tenía los ojos semicerrados y turbios, como si no hubiera dormido bien. El príncipe Andréi miró aquel rostro inmóvil con curiosidad inquieta; habría querido saber si aquel hombre sentía y pensaba lo mismo que él en aquel momento. "¿Hay algo detrás de ese semblante inmóvil?", se preguntó. El príncipe Bagration inclinó la cabeza en señal de asentimiento a lo que explicaba el príncipe Andréi y dijo: "Está bien", como dando a entender que cuanto le contaba y todo lo que estaba sucediendo era precisamente lo que él había previsto. El príncipe Andréi, jadeante a causa de la veloz galopada, hablaba rápidamente. Bagration, con su acento georgiano, lo hacía con extrema lentitud, tratando de manifestar, tal vez, que no había motivos para precipitarse. Puso, sin embargo, su caballo al trote hacia la batería de Tushin. El príncipe Andréi lo siguió con los oficiales del séquito: el ayudante personal del príncipe, Zherkov, ordenanza, el oficial de servicio del Estado Mayor, que montaba un magnífico potro inglés, y un funcionario civil, un auditor, que, movido por la curiosidad, había pedido permiso para asistir a la batalla. El auditor, un señor grueso, de rostro también grueso, sonrisa alegre e ingenua, miraba alrededor, bamboleándose sobre su caballo, con su abrigo de camelote.
Montado sobre una silla militar, resultaba extraño entre los uniformes de los húsares, cosacos y ayudantes de campo.
-Ya ve, desea ver una batalla- dijo Zherkov a Bolkonski, indicándole al auditor, -y ya le duele la boca del estómago.
ESTÁS LEYENDO
Guerra Y Paz - León Tolstoi
KlasikaPrincipios de S. XIX, mientras Napoleón planea como invadir Rusia, Natasha, Pierre, Andréi, María y Nikolái descubrirán que tanto en la vida como en el amor hay tiempos de guerra y de paz.
