Capítulo 42

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Le preparé a Artemisa un té para los nervios de los que mi tío Apolo me enseñó a hacer.

Lo que Hades había hecho era algo tan insensible, incluso para mi. Él sabía perfectamente lo que causaría en Artemisa ver como le hacían daño a su mejor amiga fallecida... y sobre todo sin ella poder hacer nada.

Puede que ella no me caiga bien, pero no soy tan desgraciada para hacerle eso.

La puerta de mi habitación se abrió, dejando entrar a Hades. Me fue inevitable no girar los ojos.

—¿Qué quieres?

—Tu madre se irá –me levanté de la cama.— ella ya logró su propósito aquí.

—¿Y cuál era? –apreté los puños. Quería golpearlo.

—Que la quisieras –mi cara se descompuso.

—Yo no la quiero, no niego que quizás ahora le tenga un poco de aprecio... pero no la quiero.

—Lo vi en tus ojos, Perséfone, tú la quieres –dijo serio.— pero eres tan orgullosa que no sueltas el rencor para permitirte sentir el sentimiento de cariño que sientes hacia ella –chasqueó los dedos.— despídete de ella, la enviaré a su casa en unos minutos –salió de la habitación.

Artemisa estaba despierta mirándome confundida, al menos ya no se veía tan mal como antes.

—Te vas –le dije. Frunció el ceño.— a casa.

—¿Nos liberó? Pero, ¿después de todo lo que causamos?

—Te liberó a ti –me senté junto a ella.— podrás seguir con la búsqueda de papá y Eros –ella sacudió la cabeza.— estaré bien –le aseguré. Ella seguía negando.— ¡mamá! –me miró estupefacta.— te prometo que estaré bien, pero tú tienes que buscar a mi hermano y a papá...

—Me dijiste mamá... –susurró con los ojos llorosos.

—No es la gran cosa –bufé. Ella sonrió.— ¿qué? No... me toques –fue demasiado tarde. Artemisa se encontraba apretándome entre sus brazos.— me sorprendió mucho eso que hiciste haya abajo –susurré.— no sabía que eras capaz de eso.

—Oh, créeme que una madre es capaz de cualquier cosa por defender a sus hijos –secó las lágrimas de su rostro.

—Hora de irnos –Hades abrió la puerta interrumpiéndonos.

—Eres un mal nacido –siseó Artemisa con furia.

—Yo también la quiero, suegra –la envolvió en un humo negro e instantes después, Artemisa cayó al suelo como un costal de papás.— está bien –dijo ante mi mirada de preocupación. Unos guardias entraron y se llevaron el cuerpo inconsciente de Artemisa.— ahora, tú –se dirigió a mi cerrando la puerta tras él.

—¿Qué demonios quieres ahora?

—¿Tienes idea de lo que has hecho al liberar esas tumbas? –giré los ojos.

—Sí, les di libertad, créeme que gritaban por tener eso, lo sentí.

—Justamente ser libres era lo que no merecían –fruncí el ceño.

—¿Por qué dices eso? –me miró exasperado.

—Te devuelvo tus poderes y lo primero que haces es destruir mis preciadas tumbas, sin mencionar todo el alboroto que crearon tú y tu madre –se acercó peligrosamente hacia mi.— dame una buena razón para no quitártelos y encadenarte en los pozos del infierno, Perséfone –susurró esto último. Tragué saliva.

—En mi defensa yo solo quería restaurar el jardín –murmuré. La mirada de Hades me intimidaba demasiado, además de que no podía permitir que me quitara mis poderes.— este lugar es demasiado sombrío y espeluznante, y, me dolía ver el jardín con toda esa tristeza y muerte latente.

—No eran tus asuntos...

—¡Soy la diosa de la primavera! ¿Quieres que me quede de brazos cruzados viendo como un jardín sufre de semejante abandono? Perdóname, pero no –hablé con firmeza.— además, soy tu reina, yo también tengo derechos sobre este palacio –él asintió.

—Bien, ya que estás tan dispuesta a adoptar tu papel de reina en este lugar, lo harás –sus ojos alertaban peligro.— a partir de ahora esta no será tu habitación.

—¿Y dónde se supone que duerma?

—Conmigo.

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