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Aquél bosque estaba a dos días y medio de Sooga y para su buena suerte no se toparon con ladrones que quisieran dañarlos. Garu iba al frente liderando al grupo y muy pocas veces les dirigía la palabra, Abyo, Ching y Pucca se mantenían juntos siempre teniendo algo de qué hablar y así hacer menos pesado ese viaje, Tobe siempre se mantenía varios pasos atrás muy silencioso y molesto por algo, incluso se mantenía con su rostro oculto bajo esa máscara, casi no hablaba y comía poco. Se mantenía perdido en sus pensamientos, había consultado con Shaman y Doga la posibilidad de que la rosa lo ayudara con su mal, pero ambos dijeron que no iba a curarlo aunque quizá podía dormir al lobo por un tiempo aunque igual no era del todo seguro ¿Debería arriesgarse a cometer traición y robar la rosa? ¿Y si realmente no funcionaba? Se habría arriesgado por nada y quedaría como un tonto y cierta chica lo terminaría odiando, pero no solo eso le preocupaba, temía que su lobo decidiera salir poniendo al descubierto su oscuro secreto aunque hasta ahora todo iba bien. Garu detuvo la marcha y se dirigió a ellos.

—Acampemos aquí, está oscureciendo.

Solo les tomó algunos minutos para montar el campamento y encender la fogata donde se calentaba un poco de sopa. Ching sirvió la cena y la repartió, pero Tobe, como siempre, la rechazó de muy mala gana haciendo que se molestará.

—Oye no tienes que ser tan grosero siempre, ya déjate de eso y come — refunfuñó — Aunque por mí puedes morirte de hambre.

Tobe la miró un instante luego miró a la azabache que lo miraba preocupada y sin más acepto el plato, pero en lugar de sentarse junto a ellos fue a meterse en su tienda para no tener que seguir viéndoles la cara. Decidieron darle por su lado y se pusieron a platicar entre ellos como siempre aunque en el fondo Pucca no podía dejar de estar preocupada por Tobe.

Salió de su tienda para relevar a Abyo, que bostezaba, solo una mirada bastó para que se fuera y tomara su lugar en la vigilancia, suspiró pesadamente y metió la mano entre sus ropas sacando un pañuelo que al desdoblarlo dejó al descubierto una cadenita del cual colgaba un pentagrama, le había pedido a la pareja de hechiceros que hicieran algo para la protección de cierta azabache y le dieron ese amuleto hecho de plata, no podía tocarlo así que lo único que lo protegía del contacto con el metal era ese pañuelo, lo llevaba consigo desde antes del viaje, pero no había encontrado todavía el momento para entregárselo, el olor a flores de loto entró por su nariz y de inmediato se cruzó de brazos escondiendo el amuleto.

—¿Puedo quedarme aquí unos minutos?

Solo asintió ligeramente con la cabeza sin mirarla, Pucca levantó la mirada al cielo cubierto de estrellas, le agradaba estar con él aunque fuera en silencio, pero esa voz ronca se hizo escuchar de repente.

—¿No puedes dormir?

—Estoy algo confundida contigo — volteó a verlo.

—No comprendo — seguía sin mirarla.

—Tu actitud. Eres tan antipático como siempre, pero cuando estás conmigo actúas diferente, no eres tan malo, a excepción de los últimos días, no has querido hablarme.

—He estado un poco estresado, es todo.

La azabache apoyó los codos sobre sus piernas y apoyando el mentón sobre la palma de sus manos miró también al horizonte.

—¿Te molestó cuando te dije que me gustabas?

—No soy bueno, ya te lo dije — la miró de reojo — Los sentimientos no van conmigo, pero no pienses que estoy jugando contigo, seré un villano y todo lo que tú quieras, pero nunca me aprovecharía de los sentimientos de una chica.

—¿Qué hay de las otras chicas?

—Solo fue sexo, no hay sentimientos en eso.

Se quedaron en silencio un momento y Pucca volvió a mirar el cielo estrellado.

—Me gustas sin embargo no sé si esto es momentáneo o sea real.

Se quedó sin decir nada «¿Momentáneo?» Sintió un vacío en el pecho que no supo explicar, mantuvo la mirada fija en el horizonte y apretó el pañuelo con fuerza, suspiro pesadamente «Quizá sea el momento»

—Pequeña... — sin mirarla — es para tí.

La azabache volteó a verlo y vio como él le extendía la mano donde sostenía un pañuelo, lo sostuvo entre sus manos y lo desdobló, no pudo evitar sonreír y abrazarlo con fuerza, besó su mejilla por encima de su máscara tomándolo un poco por sorpresa y haciéndolo sonrojar.

—¿Me ayudas a ponermelo? — pidió en un tono dulce.

Se quemaría si tocaba el metal, pero estaba dispuesto a correr el riesgo, extrañamente no podía negarle nada a ella, sintió como su piel ardía, disimuló su dolor bastante bien logrando ponerle el amuleto en el cuello, ella sonreía.

—Ve a dormir — pidió mientras escondía sus manos.

Pucca asintió y antes de irse le dio otro pequeño beso en la mejilla.



Bajos instintos (Tobecca)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora