Capítulo 47

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Subieron a ver a Sofía que estaba despierta y con muchas náuseas.

―Hija, ¿necesitas algo?

―No, mamá, gracias ―apenas hablaba Sofía.

―Te sientes muy mal.

―Como siempre, papá, me duele mucho la cabeza y tengo muchas náuseas.

―¿Quieres que me quede un ratito contigo? ―preguntó Esteban.

―Bueno, pero no es muy agradable.

―No me importa, solo déjame estar un ratito contigo y cuando quieras me voy.

―Bueno.

María Elena y Adolfo salieron. Cuando quedaron solos, Esteban le acarició el cabello.

―Tú puedes, princesita ―la animó―. ¡Tú puedes!

―Me siento tan mal...

―Pero pasará primita, piensa en lo que hablamos. En el carrete del sábado, en el viaje, piensa que ya estás allí.

―Quiero vomitar ―dijo ella. Él la llevó al baño y la dejó allí, no quiso que él entrara. Cuando salió, Esteban la llevó a la cama y la ayudó a acostarse.

―A mí no me molesta ayudarte si no puedes sola.

―Puedo sola, Esteban, ya se lo dije a mi mamá, no siempre van a estar a mi lado, debo valerme sola, debo aprender, primo.

―Tienes razón, pero si no puedes sola...

―Pido ayuda, eso siempre lo haré.

―Parece que tienes fiebre.

―En el velador hay un termómetro, ¿me lo pasarías, por favor?

―Toma.

Ella tomó la temperatura y después de un momento se lo entregó a Esteban.

―Treinta y ocho, ocho ―informó él―, eso no es normal hay que llamar al doctor.

―No, Esteban, pásame la caja celeste por favor ―pidió Sofía. Estaban le pasó la caja y ella sacó una cápsula y la tomó con un poco de agua―. Esto puede suceder y para eso es este medicamento.

―Pero igual le voy a avisar a la tía.

―Avísale, porque se puede sentir si no le avisamos.

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