II. Los vigilantes.

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Si alguien obtiene una reliquia en este mundo, sus posibilidades son infinitas: Dinero, poder, respeto. Cualquier deseo que pueda generarse en el alma está al alcance de la mano.
De entre todos los tipos de usuarios que hay, existieron unos que sobresalían por su magnificencia: ¡Los vigilantes!
Usuarios que dedicaban sus reliquias al bien común, a la compasión y la bondad. A pesar de su aparente rectitud, seguían siendo humanos y el corazón puede ceder a la codicia. Por la misma razón, el heroísmo se extinguió hace mucho. Pocos recuerdan aquellos tiempos espléndidos. El último gran grupo de héroes existió y se desvaneció hace más de una década.
El equipo se desintegró por la joven promesa del heroísmo: Zalman, el invocador. El motivo a día de hoy es desconocido, pero lo que empezó como una simple riña entre él y el líder del equipo degeneró en una pelea de gran escala. Casi todos los miembros del equipo terminaron muertos.
Aunque todos provenían de distintas partes de América, sus hazañas no se limitaban a este continente. Así mismo, su última pelea se extendió por varios países, con Francia sufriendo la mayor catástrofe: Derribaron la torre Eiffel.
Después de ese momento Zalman desapareció durante muchos años. Incluso se le consideró muerto, pero un día regresó para cometer una cruzada en busca de las reliquias. A base de miedo construyó una reputación temible. Asesinó a todo aquél que se le oponía, robó las reliquias de los fallecidos y se ocultó en la penumbra. Se hizo de aliados igual de desequilibrados, cada uno con una reliquia y ambición propias. Es por esto que el mundo le teme. Su meta es desconocida, pero necesita el reloj ¡La reliquia de Alistair! Sin ese objeto no puede concretar sus planes. El joven que obtuvo tal poder actuaba inconsciente. Pronto llamaría atención indeseada.

Él, por su parte, pensaba en lo ocurrido la noche anterior. Había herido a esos criminales. Era real. Lo vio en las noticias el día después. Los tres habían sobrevivido, pero sus heridas eran irreparables. Seguían en estado de shock. Ninguno podía explicar lo sucedido. Decían haber "aparecido" de un instante a otro en el suelo cubiertos de golpes y un inmenso dolor.
La muchacha que rescató también dio una declaración. Los acusó de su intento de secuestro, quitándoles así cualquier muestra de compasión que la audiencia pudiera concebir. La situación era irreal. No se había atrevido a accionar el reloj desde entonces. Por un momento le aterró el poder que tenía al alcance. Como todo estaba ocurriendo demasiado rápido y seguía confundido, decidió ir a la escuela como siempre. Solo tenía un amigo y para colmo él no asistió a las clases ese día, dando como resultado una jornada aburridísima.
Mientras Al seguía dándole vueltas a sus inquietudes, su mirada se posó en esa tímida niña de nombre Christabel. A pesar de nunca haber mediado palabra alguna, Al estaba enamorado. Todo respecto a ella era cautivador. Desde sus largos cabellos lacios, hasta sus brillantes ojos tiernos. Su piel era morena clara y su complexión esbelta. A pesar de que prefería estar sola, era buena relacionándose con la gente. Generaba confianza en las personas con las que trataba. Alistair pensó que, de no ser tan cobarde, podría hablarle, pero sus habilidades sociales eran nulas. Tratándose de alguien tan bonita solo podría ser peor. Se sonrojaría, balbucearía una incoherencia e intentaría huir.
En ese momento estaban tomando clase de matemáticas. La maestra estaba platicando sobre como sus hijos reprobaron el examen de bachillerato, después dejó en claro que ellos eran súper inteligentes, según ella, el sistema era el que estaba dañado, así que fue a quejarse y la ignoraron.
La clase después de matemáticas era historia universal. La única materia que le interesaba a Alistair. Durante esa hora olvidó los problemas que lo agobiaban. Aprendió que, durante la Segunda Guerra Mundial, fueron creadas reliquias cuyo único propósito era dañar al cuerpo humano. Según la maestra, todas fueron perdidas.
Cuando terminó historia seguía física, materia insoportable con un maestro igual de odioso. Decidió que ya no quería estar ahí. Buscó en su bolsillo derecho. Sintió con las yemas de los dedos la suave superficie metálica. Sabía que no debía hacerlo, pero solo quería irse de ahí. Detener el tiempo y salir caminando del salón. Con el reloj debajo de la mesa, comenzó a buscar el botón secreto. Cuando lo halló, lo presionó, pero nada ocurrió. Todos seguían moviéndose y platicando. Sintió un escalofrío.
En un intento inútil volvió a presionar el botón. El reloj no servía. El pánico iba a envolverlo, pero de repente recordó algo. Una vez escuchó que todas las reliquias tienen restricciones; leyes para su correcto funcionamiento. Si eso era verdad, una condición para usar el reloj no estaba siendo cumplida. Se tranquilizó y tomó la clase con disgusto.

La escuela estaba a treinta minutos de su casa. De camino entró en una pequeña tienda donde compró algunas golosinas y un poco de jamón. Ese alimento tendría que bastar durante las siguientes semanas. Bajo condiciones normales tendría que dejar de estudiar para conseguirse un empleo y sobrevivir. Era una ciudad indiferente y si un joven moría de hambre a nadie importaba.
Llegando a casa dejó caer su mochila al suelo, guardó el jamón en su viejo refrigerador, lanzó las bolsas de golosinas en la mesa. Se sentó en un sofá sucio, volteó a ver la cama donde su abuelo se despidió. Seguía pensando en qué fue lo que hizo que su cadáver desapareciera.
Ansiaba y temía el momento en que pudiera usar el reloj otra vez. Lo intentaría en la noche.
Mientras esperaba encendió su celular. Intentaba no usarlo demasiado. Ya era viejo y estaba a punto de romperse. Tenía una sola notificación. El mensaje era de su amigo Víctor. Preguntó acerca del día en la escuela y por la tarea que hubiera pendiente. Alistair respondió que la maestra de matemáticas dejó unos problemas, pero no explicó cómo resolverlos. A Víctor no le interesaron. Luego preguntó por su abuelo. No hubo respuesta directa, solo una petición para encontrarse. Acordaron verse al anochecer en el parque que estaba cerca.
Apenas atardecería. Se sentía impaciente. Vio videos mientras esperaba. A la vez, comía unas cuantas papas. Deslizándose hacia abajo leía distraídamente los títulos. "SI ERES DE LATINOAMÉRICA, SAL DE AHÍ". Le pareció gracioso. "5 USUARIOS DE RELIQUIAS CAPTADOS EN CÁMARA". Ese ya lo había visto. "¿PORQUÉ LOS NIÑOS HUÉRFANOS ESTÁN DESAPARECIENDO?". Preocupante, pero no tan interesante. Al final solo vio a alguien pasando un videojuego de terror. Como no podía permitirse algo tan caro como una consola de videojuegos, se conformaba con ver a otras personas jugando.
Entretanto, recordó a Christabel y se sonrojó. Consideró hablarle, pero no se le ocurría algún tema de conversación.

"¿Le gustarán los videojuegos? -pensaba- ¿O las películas de miedo? ¿Será mejor escribirle una carta? No, no. Ya nadie hace eso..." -concluyó, disgustado por su timidez.

Las reliquias.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora