Capítulo 2

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El segundo día de Claire en la universidad comenzó con la misma brisa fría que la recibió el día anterior, aunque algo en su interior se sentía distinto. Mientras cruzaba el campus, la idea de encontrarse nuevamente con Kathryn Mills le provocaba una mezcla de ansiedad y expectativa que intentaba ignorar. Se decía a sí misma que era simple curiosidad, pero la manera en que la profesora había pronunciado su apellido la dejaba pensando más de lo que le gustaría.

Llegó temprano al aula, suficiente para sumergirse en un libro antes de que el salón se llenara. La lectura era su refugio, pero incluso entre las líneas de su novela, la imagen de Kathryn se infiltraba en sus pensamientos. Cuando la profesora entró, el ambiente pareció cambiar de inmediato. Kathryn inició la clase con una discusión sobre prosa poética, su voz proyectando autoridad y sutileza a la vez.

—¿Cómo creen que la narrativa moldea nuestra percepción de la realidad? —preguntó, dejando un silencio en el aire.

Claire levantó la mano antes de pensarlo demasiado.
—Creo que la narrativa no solo refleja la realidad, sino que la interpreta desde las emociones de quienes la viven.

Kathryn la observó con detenimiento, sus ojos fijos en los de Claire como si evaluara cada palabra.
—Interesante, Rousseau. Pero si las emociones dominan, ¿qué lugar queda para la objetividad en una historia?

La pregunta era directa, casi desafiante. Claire respiró hondo.
—Creo que la objetividad es una ilusión. Hasta los hechos más fríos están moldeados por la percepción. Tal vez eso es lo que hace que la literatura sea tan... humana.

Kathryn mantuvo su mirada un segundo más antes de asentir.
—Un enfoque interesante.

La clase continuó, pero Claire sintió que algo invisible se había tejido entre ellas. Al sonar la campana, Kathryn salió sin mirar atrás, aunque Claire tuvo la impresión de que su atención había recaído en ella más de una vez.

Más tarde, en la cafetería, Claire escuchó a dos estudiantes hablando sobre Kathryn.
—Dicen que rechazó trabajar en universidades más prestigiosas.
—Claro, porque no le gusta que nadie cuestione su autoridad.

Claire sonrió para sí misma, recordando su intervención en clase. Tal vez había tocado una fibra que los demás evitaban.

En la biblioteca, buscó refugio entre los estantes y abrió un libro de poesía contemporánea. Pero su concentración era escasa. De vez en cuando, su mirada se desviaba hacia la entrada, como si esperara que Kathryn apareciera. Y, como si la hubiera invocado, la profesora surgió entre los estantes con una pila de libros en brazos.

—Veo que frecuentas la biblioteca, Rousseau. —dijo Kathryn, deteniéndose cerca.

Claire cerró su libro, su voz algo temblorosa.
—Siempre me ha gustado leer aquí. Es... más auténtico.

Kathryn arqueó una ceja, dejando un leve destello de interés en su mirada.
—¿Qué lees?

Claire le mostró el título: una colección de poesía sobre soledad y ausencia.
—Trata sobre cómo los poetas capturan lo que no se dice.

—Ah, lo implícito. —Kathryn esbozó una sonrisa sutil, casi imperceptible. —Supongo que prefieres las sombras a las certezas, ¿no es así, Claire?

Era la primera vez que utilizaba su nombre, y la familiaridad inesperada hizo que Claire titubeara. Antes de que pudiera responder, Kathryn recogió uno de sus libros y se puso de pie.

—Nos vemos en clase, Rousseau.

Y se marchó, dejando a Claire con el eco de sus palabras. Aunque breve, el encuentro había reavivado el torbellino de pensamientos que Kathryn provocaba en ella. Algo en la profesora la hacía sentirse fuera de lugar, pero, al mismo tiempo, más viva que nunca.

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