El sábado por la tarde, Claire se encontraba en la cocina de su casa, preparando un café mientras Olive, su gata, rondaba a su alrededor, esperando que algún trozo de comida cayera accidentalmente al suelo. Afuera, la lluvia comenzaba a caer con suavidad, llenando el aire con el fresco aroma del bosque. Claire llevaba una sudadera holgada y pantalones cómodos; era su día libre, y lo estaba disfrutando sin prisas, sin compromisos.
A punto de acomodarse en el sofá con un libro en las manos, un golpe en la puerta la sorprendió. Se detuvo y frunció el ceño. No esperaba a nadie.
Olive corrió hacia la entrada, maullando como siempre cuando algo interrumpía la tranquilidad, mientras Claire dejaba la taza en la mesa y se dirigía hacia la puerta. Al abrirla, se encontró con una figura familiar, pero completamente inesperada.
—¿Kathryn? —preguntó, sorprendida, mientras sus ojos la recorrían, buscando alguna explicación lógica.
Kathryn estaba de pie en el umbral, con una chaqueta oscura ligeramente mojada por la lluvia y una expresión que oscilaba entre la incomodidad y la determinación.
—Hola... —murmuró, su voz algo vacilante.
Claire la miró, levantando una ceja con una sonrisa traviesa. —¿Qué haces aquí?
—Yo... —Kathryn dudó, mirando al suelo antes de levantar la vista, sin saber cómo seguir. —Solo... estaba por la zona y pensé en... verte.
—¿Por la zona? —Claire no pudo evitar reír, cruzando los brazos mientras daba un paso atrás para dejarla entrar. —¿En medio del bosque? Claro, eso tiene todo el sentido del mundo.
Kathryn entró lentamente, con las mejillas sonrojadas por la vergüenza. —Está bien, no estaba por la zona. Vine porque... quería verte.
Claire cerró la puerta con una sonrisa y se apoyó en el marco, observando cómo Kathryn miraba a su alrededor, claramente incómoda.
—¿Te das cuenta de lo adorable que suena eso, verdad? —preguntó Claire, cruzando los brazos y mirándola con una expresión divertida.
Kathryn la fulminó con la mirada. —No soy adorable.
—Lo eres. —Claire dio unos pasos hacia ella, divertida. —Apareces en mi casa un sábado, bajo la lluvia, con esa cara de "no sé si hice bien en venir". Eres adorable, y lo sabes.
Kathryn suspiró, llevándose una mano a la frente. —Esto fue una mala idea.
—No, no lo fue. —Claire la tomó de la mano y la guió hacia el sofá. —Me alegra que vinieras.
Kathryn la miró, aún algo avergonzada, pero se dejó llevar. Se quitó la chaqueta mojada y se sentó en el sofá, observando cómo Claire se movía con una naturalidad que la hacía sentirse un poco más cómoda.
—¿Quieres algo? Café, té, jugo... lo que quieras. —preguntó Claire desde la cocina.
—Café estaría bien, gracias. —Kathryn observó cómo Olive se subía al sofá y se acurrucaba a su lado, ronroneando como si ya la conociera. Kathryn sonrió débilmente y acarició a la gatita.
Claire regresó con dos tazas de café y se sentó junto a ella, entregándole una. Durante un momento, ambas se quedaron en silencio, disfrutando del sonido de la lluvia golpeteando las ventanas y del cálido ambiente que rodeaba la casa.
—Entonces... —rompió Claire el silencio con su tono despreocupado—. ¿Qué pasó? ¿Te aburriste tanto en tu casa que decidiste venir hasta aquí?
Kathryn levantó los ojos al cielo. —No es eso. Simplemente... pensé que sería bueno verte.
Claire soltó una risita. —¿Lo ves? Adorable.
Kathryn bufó, pero sus labios se curvaron en una ligera sonrisa. —¿Siempre eres así de molesta?
—Es mi especialidad. —Claire le guiñó un ojo antes de dar un sorbo a su café.
La charla continuó, ligera y relajada, hasta que, de repente, Claire saltó del sofá con una expresión iluminada.
—¡Espera! ¿Te enseñé mi colección de cartas antiguas?
Kathryn arqueó una ceja, desconcertada. —¿Cartas?
—Sí. —Claire se levantó de un salto y fue a una estantería, de donde sacó una caja de madera desgastada. —¡Te va a encantar!
Kathryn no pudo evitar reír ante la emoción que Claire transmitía. Claire abrió la caja y comenzó a sacar cartas con ilustraciones extrañas y colores desvaídos.
—¿Qué se supone que hago con esto?
—Lo que quieras. —Claire sonrió de manera traviesa. —Podemos inventar historias con las imágenes o hacer un castillo de cartas. ¿Sabes hacer uno?
—Por supuesto que sí. —Kathryn sonrió con suficiencia.
—Perfecto. Vamos a ver si es verdad.
Pasaron los siguientes veinte minutos intentando construir un castillo de cartas en la mesa del comedor. Kathryn, para sorpresa de Claire, resultó ser increíblemente buena. Sin embargo, Claire no pudo evitar sabotear sus esfuerzos, derribando las torres a propósito para frustrarla.
—¡Claire! —Kathryn soltó un suspiro exagerado cuando Claire derribó otra torre.
—Ups. —Claire hizo un gesto de inocencia.
—Eres imposible.
—Pero te gusta que sea así. —Claire le guiñó un ojo mientras empezaba a recoger las cartas caídas.
Kathryn intentó mantener su habitual expresión seria, pero fue imposible. Miraba a Claire reír y hablar, sintiendo la calidez de la casa y la cercanía de la joven. En ese momento, algo dentro de ella se quebró. El contraste entre esa vida sencilla, sin pretensiones, y la fría y dura realidad que ella misma conocía la golpeó como una ola.
Por un breve instante, Kathryn se permitió imaginar cómo sería vivir allí, con alguien como Claire. Sin juicios. Sin miedos. Sin cadenas.
Pero la imagen desapareció tan rápido como había aparecido, dejándola con un nudo en el estómago.
—¿Kathryn? —La voz de Claire la sacó de sus pensamientos.
Kathryn parpadeó, dándose cuenta de que Claire la observaba con curiosidad.
—¿Estás bien?
—Sí. —Kathryn sonrió con suavidad. —Solo estaba pensando.
—¿En qué?
Kathryn negó con la cabeza, restándole importancia. —Nada importante.
Claire no insistió, pero su mirada permaneció fija en ella durante un momento más antes de regresar a las cartas.
El resto de la noche transcurrió en la misma atmósfera tranquila. En un momento, Claire se inclinó hacia ella con una sonrisa traviesa.
—¿Sabes? Creo que necesito un apodo para ti.
Kathryn la miró, desconcertada. —¿Un apodo?
—Sí. Algo que diga "tengo un lado tierno, pero también puedo matarte con una sola mirada".
Kathryn negó con la cabeza, pero una pequeña sonrisa asomó en sus labios. —No necesito un apodo.
—Claro que sí. Kats.
Kathryn la observó fijamente, evaluando la propuesta.
—¿Kats?
—Sí, es perfecto. Corto, simple, y un poco adorable. Como tú.
Kathryn soltó una risa ligera, sacudiendo la cabeza. —Eres increíblemente irritante, ¿lo sabías?
—Es parte de mi encanto.
Kathryn no pudo evitar sonreír, sintiendo cómo ese pequeño apodo comenzaba a derribar las barreras que había mantenido a su alrededor.
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GUILTY AS SIN?
RomanceClaire Rousseau, una joven de 21 años, inicia su vida universitaria en Georgia, estudiando Escritura y Literatura, mientras lidia con su amor por los libros, la música y la actuación. Atraída por mujeres mayores desde pequeña, se siente cautivada po...
