Iri
La mañana llegó más rápido de lo que esperaba, aunque la noche había sido un completo desastre emocional. Me desperté con los primeros rayos de sol filtrándose por la ventana, y lo primero que vi fue a Pablo, sentado en la misma silla en la que se había quedado toda la noche.
Su cabeza descansaba contra la pared, sus brazos cruzados y su respiración tranquila. Verlo así me trajo una oleada de recuerdos que había intentado enterrar: las noches en las que hablábamos hasta tarde en su habitación de La Masía, los almuerzos en los que siempre hacía bromas para hacerme reír, y cómo, sin darme cuenta, habíamos pasado de ser mejores amigos a algo más.
Pero lo más doloroso no era el recuerdo de cuando fuimos novios, sino lo que vino después: volver a ser “solo amigos”. Aunque habíamos conseguido recuperar algo de nuestra vieja dinámica, había momentos, como ahora, en los que me dolía lo mucho que había cambiado nuestra relación.
Pablo se removió en su silla, abriendo los ojos lentamente. Cuando sus ojos encontraron los míos, sonrió, esa sonrisa medio dormida que siempre había sido su forma de decir “todo está bien”.
—Cómo dormiste? —preguntó con voz ronca, estirándose un poco.
—Más o menos. Pero vos no dormiste nada —repliqué preocupada.
—No necesitaba dormir. Necesitaba asegurarme de que estuvieras bien —dijo con un encogimiento de hombros, como si fuera lo más normal del mundo.
Y ahí estaba otra vez, esa mezcla de ternura y frustración que Pablo siempre lograba despertar en mí. Quería abrazarlo por preocuparse tanto, pero también quería gritarle por hacerme sentir cosas que no debía sentir.
—Pablo, no podés salvarme siempre, sabés? —dije finalmente, mi tono más suave de lo que pretendía.
Él se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en sus rodillas.
—Y quién lo hará si no yo? —replicó, sus ojos fijos en los míos.
Esa era la cosa con Pablo. Siempre había sido protector conmigo, incluso antes de que empezáramos a salir. Pero ahora, después de todo lo que habíamos pasado, su protección tenía un peso diferente. Era más… intensa. Como si estuviera tratando de compensar algo.
Antes de que pudiera responder, la puerta se abrió de golpe y Guada entró, todavía con el uniforme de entrenamiento puesto.
—¡Buenos días, pareja disfuncional!— anunció con una sonrisa, claramente ignorando la tensión que llenaba la habitación.
Pablo y yo intercambiamos una mirada antes de reírnos. Guada tenía esa habilidad de hacer que cualquier situación incómoda se sintiera un poco más ligera.
—Qué onda el entrenamiento? —pregunté, tratando de desviar la conversación. Yo no fui a entrenar ese día porque mis ganas estaban más allá del subsuelo.
—Horrible, gracias por preguntar. La entrenadora estaba de con el culo afuera y casi nos mata con los ejercicios —respondió, dejándose caer en la cama de al lado—. Pero lo bueno es que Marcos no se apareció por ningún lado.
El nombre de Marcos hizo que toda la tensión volviera de golpe. Pablo se enderezó en su silla, su expresión endureciéndose.
—Dijiste que no apareció? —preguntó, su tono lleno de sospecha.
Guada asintió, encogiéndose de hombros.
—Sí, nada de él en toda la mañana. Quizás se cansó de molestar.
Pero yo sabía que no era así. Marcos no era del tipo que se rendía fácilmente. Y aunque no quería preocupar a Guada ni a Pablo, algo dentro de mí me decía que esto estaba lejos de terminar.
—De todas formas, deberíamos estar atentos —dijo Pablo, poniéndose de pie—. No se confíen.
Su tono autoritario me hizo rodar los ojos.
—Por qué suenas como mi guardaespaldas? —le dije, cruzándome de brazos.
Pablo me lanzó una mirada que mezclaba exasperación y algo más, algo que no podía identificar.
—Porque alguien tiene que cuidarte, Iri. Y si tú no vas a tomarte esto en serio, lo haré yo.
Su respuesta me dejó sin palabras, y por un momento, la habitación quedó en silencio. Guada, que claramente se sentía como una intrusa en nuestra conversación, se levantó rápidamente.
—Bueno, yo me voy a duchar. Si van a discutir, que sea bajito, dale? —dijo antes de desaparecer por la puerta.
Pablo volvió a sentarse, y esta vez, no apartó la mirada de mí.
—Sabes qué es lo que más me molesta de todo esto? —dijo finalmente, su tono más tranquilo.
—Qué?
—Que actúes como si no te importara lo que está pasando, cuando sé que sí te importa. Te conozco, Iri. Sé que estás asustada, pero también sé que no quieres que nadie lo note.
Sus palabras me golpearon como un balde de agua fría. Siempre había odiado lo bien que Pablo me conocía, lo fácil que era para él leerme como un libro abierto.
—No quiero que pienses que no me importa —admití, mi voz apenas un susurro—. Es solo que… no quiero que te preocupes tanto por mí. Ya tenés suficiente con tu vida en Inglaterra.
—No me importa mi vida en Inglaterra, Iri. Me importa que tú estés bien.
Y ahí estaba otra vez. Esa intensidad, esa conexión que nunca habíamos perdido del todo. Sentí que mi corazón se aceleraba, y por un momento, me pregunté si era posible que él sintiera lo mismo.
Pero antes de que pudiera decir algo más, un golpe en la puerta de entrada nos interrumpió. Ambos nos tensamos, nuestras miradas clavadas en la puerta.
—¿Quién es? —preguntó Pablo al salir de la habitación, su voz firme.
No hubo respuesta, solo otro golpe. Y de repente, el aire en la habitación se sintió pesado otra vez.
Sabía que esto no había terminado. Y esta vez, no estaba segura de que todo saldría bien.
----------
Holaaaaas, che vayan a seguirme a tik tok, no tengo ni un seguidor🥺
Las leo (comenten cosas, mierda, así me divierto cuando las lea y me motivo) les va gustando??
by: vene💋
ESTÁS LEYENDO
Desde Siempre - Pablo Gavi
Fiksi PenggemarSlow Burn y algo más... Una voleybolista y un futbolista conocidos en La Masía, mejores amigos desde pequeños, se aman desde siempre pero por miedo a arruinar su amistad trataron de frenar sus sentimientos ¿Tomarán coraje o serán reprimidos por siem...
