71

236 14 0
                                        

Iri

Las puertas del ascensor se abrieron, pero ninguno de los dos se movió. Iri permanecía en el pequeño espacio junto a Pablo, su mano aún entrelazada con la de él. La química entre ambos era evidente, y aunque sabían que salir del ascensor era lo más prudente, ninguno quería dar el paso.

—Entonces? —susurró Pablo, inclinándose ligeramente hacia ella. Su voz baja y seductora hacía que la piel de Iri se erizara.

—Entonces qué? —respondió ella, intentando parecer despreocupada, aunque su respiración ligeramente acelerada la delataba.

—Vas a admitir que me extrañaste? —La sonrisa traviesa de Pablo se ensanchó mientras sus dedos trazaban pequeños círculos en la mano de Iri, provocándole un cosquilleo que subía por su brazo.

Ella rodó los ojos, pero no pudo evitar sonreír. —No te des tanto crédito, Gavito. Apenas y noté que estabas en el partido.

—Ah, sí? —dijo él, dando un paso hacia ella, acorralándola contra la pared del ascensor. Sus ojos, oscuros y llenos de determinación, se fijaron en los de ella—. Entonces, por qué me mirabas cada vez que hacías una jugada clave?

—No hacía eso! —protestó Iri, aunque su tono la traicionó.

—Sí lo hacías. —La voz de Pablo era apenas un susurro ahora, mientras se inclinaba aún más cerca. Sus rostros estaban a centímetros de distancia, y el calor entre ellos era innegable—. Pero no te preocupes, me encanta que no puedas quitarme los ojos de encima.

—Insoportable —murmuró ella, pero no hizo ningún esfuerzo por apartarse.

—Hermosa —respondió él, con una sinceridad que hizo que su corazón diera un vuelco.

Antes de que pudiera responder, Pablo inclinó la cabeza y sus labios rozaron los de ella, suaves al principio, como si le diera la oportunidad de apartarse. Pero Iri no lo hizo. En cambio, se acercó más, profundizando el beso. Era lento, dulce y lleno de emociones contenidas durante meses.

Cuando se separaron, ambos tenían sonrisas tontas en el rostro.

—Ahora sí que no puedo concentrarme en el torneo —dijo ella, con un suspiro teatral.

—Bienvenida a mi mundo, capitana. —Pablo le guiñó un ojo y tomó su mano nuevamente, guiándola fuera del ascensor.

Mientras caminaban por el pasillo hacia la habitación de Iri, seguían intercambiando miradas cómplices, besos y risas. Pablo no la soltaba, y ella tampoco quería que lo hiciera.

Al llegar a la puerta, Iri se detuvo y lo miró. —Sabes que aunque me encantaría no puedes quedarte esta vez, verdad? Si mi entrenadora se entera, me mata.

Pablo ladeó la cabeza, fingiendo estar profundamente ofendido. —¿Qué clase de bienvenida es esa? Yo solo quería asegurarme de que estuvieras bien.

—Estoy bien, Pablo. —Ella le sonrió, aunque el brillo en sus ojos revelaba lo mucho que disfrutaba de su presencia—. Pero gracias.

—Bien, entonces… —Se inclinó nuevamente, dejando un beso suave en sus labios, como si fuera incapaz de despedirse sin hacerlo—. Descansa, D’Angelo. Mañana te veré.

—En el ascensor otra vez? —bromeó ella, riendo.

—Quizás —respondió él, encogiéndose de hombros con una sonrisa descarada antes de empezar a alejarse.

Sin embargo, justo antes de doblar la esquina, Pablo se giró y la miró una vez más.

—Por cierto… me encanta verte jugar. Pero creo que deberías dejar esos shorts en el vestuario. Me distraen demasiado.

Iri lanzó una carcajada y negó con la cabeza mientras lo veía desaparecer. Aunque sabía que estaba jugando, no podía evitar sentir un calor agradable en el pecho.

Cerró la puerta detrás de ella y se apoyó contra ella, dejando escapar un suspiro. Estaba completamente perdida en él, y no podía evitarlo.

De repente, su celular vibró con un mensaje. Era de Pablo.

Iri no pudo evitar sonreír como una tonta mientras se preparaba para dormir

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

Iri no pudo evitar sonreír como una tonta mientras se preparaba para dormir. Él tenía una manera única de hacerla sentir especial, y aunque su relación había cambiado tantas veces, algo entre ellos siempre los atraía de nuevo.

Esa noche, mientras cerraba los ojos, su último pensamiento fue sobre él. ¿Qué les depararía el futuro? Quizás aún no lo sabían, pero algo era seguro: no estaban listos para dejarse ir.

Desde Siempre - Pablo GaviDonde viven las historias. Descúbrelo ahora