Iri
La mañana siguiente, el despertador sonó temprano, pero no fue necesario. Había pasado la noche dando vueltas en la cama, mi mente atrapada en un remolino de pensamientos. Marcos seguía rondando en mi cabeza, pero, más que nada, estaba Pablo. Su cercanía, sus palabras, la forma en la que me miraba... Todo seguía reviviendo en mi cabeza, y no podía evitar sentir cómo ese viejo nudo en el pecho se volvía más fuerte.
Hoy sería diferente, me dije. Hoy sería el día en que intentaría recuperar algo de normalidad. Me puse mi ropa de entrenamiento y me dirigí al gimnasio donde entrenaba con el equipo de voley. Guada, mi compañera de equipo y roomie, me esperaba afuera del edificio con una sonrisa relajada, como si el mundo no pesara tanto sobre sus hombros.
—¡Por fin apareces, Irina! Pensé que te habías jubilado del voley —bromeó mientras me daba un abrazo rápido.
—Sí, bueno, alguien tenía que darle vacaciones al equipo de tanto aguantarme —respondí, devolviendo la broma.
Entrar al gimnasio fue como un golpe de energía. El sonido de las pelotas rebotando, los gritos de las chicas practicando saques, y ese aroma a madera pulida y esfuerzo me hicieron sentir como en casa. Sin embargo, no tardé en darme cuenta de que alguien más estaba allí, alguien que no pertenecía al equipo.
Pablo.
Estaba apoyado contra la pared del fondo, con una sudadera azul oscura y las manos cruzadas sobre el pecho, observando como si fuera parte del cuerpo técnico. Sus ojos se encontraron con los míos, y una pequeña sonrisa se formó en sus labios.
—Qué haces acá? —pregunté, acercándome a él mientras Guada me seguía con una ceja levantada.
—Solo vine a asegurarme de que estés bien —respondió, como si fuera lo más natural del mundo.
—Pablo, estoy entrenando. No necesito un niñero.
—¿Niñero? No, no. Estoy aquí como tu fan número uno. —Me guiñó un ojo, y la confianza en su tono me sacó una sonrisa, a pesar de que quería parecer molesta.
—Sos imposible, Gavira.
—Y así me amas, D’Angelo.
Antes de que pudiera responder, la entrenadora llamó al grupo para comenzar los ejercicios. Durante la práctica, sentí su mirada sobre mí más de lo que me gustaría admitir. Cada vez que giraba la cabeza, ahí estaba él, apoyado contra la pared, observándome con esa mezcla de admiración y algo más, algo que me hacía sentir como si el aire en mis pulmones no fuera suficiente.
Al final del entrenamiento, mientras recogíamos nuestras cosas, Guada se acercó a mí con una sonrisa pícara.
—Tu amigo, o novio, no sé, tiene paciencia. Ha estado ahí las dos horas completas sin moverse. ¿Está enamorado o qué?
—Cállate —murmuré, sintiendo cómo el calor me subía al rostro.
Pablo se acercó justo cuando Guada salía del vestuario, dándome su clásica sonrisa confiada.
—Lista para irnos?
—Pablo, no era necesario que vinieras. Estoy bien.
—Sí, claro. Porque ‘bien’ incluye mensajes inquietantes de tu acosador, ¿no?
Su tono cambió, y su mirada adquirió esa seriedad que me había acostumbrado a ver últimamente. Sus palabras me recordaron de inmediato el mensaje de Marcos, y mi pecho se apretó.
—No quiero hablar de eso ahora.
—Iri… —dijo suavemente, acercándose un poco más. Su mano rozó mi brazo, y mi piel se erizó al instante—. No tienes que cargar con esto sola, sabes?
—No estoy sola —murmuré, mi voz más débil de lo que esperaba.
Nuestros ojos se encontraron, y en ese momento, el mundo pareció detenerse. Estábamos tan cerca que podía sentir su respiración, el calor de su cuerpo invadiendo el mío. La tensión entre nosotros era casi palpable, como un hilo invisible que nos empujaba a cruzar una línea que habíamos dibujado mucho tiempo atrás.
—Deberíamos irnos —dije finalmente, rompiendo el contacto visual y dando un paso hacia atrás.
Pablo suspiró, pero asintió.
—Vamos.
Caminamos juntos de regreso al departamento, pero algo se sentía diferente. Había un silencio cargado entre nosotros, lleno de palabras no dichas y sentimientos que ninguno de los dos quería admitir.
Cuando llegamos, vi un sobre tirado frente a la puerta. Mi corazón se detuvo por un instante, y Pablo lo notó de inmediato.
—Espera aquí.
Se adelantó y recogió el sobre, abriéndolo con cuidado. Su mandíbula se tensó al leer lo que había dentro, y su mirada oscureció al punto de hacerme temblar.
—Qué dice? —pregunté, mi voz apenas un susurro.
Él no respondió de inmediato. En su lugar, me pasó la nota. La reconocí al instante, el estilo de Marcos era inconfundible.
“Te dije que no podías escapar de mí. Pagarás pronto, Irina.”
—Ya basta. Esto no puede seguir así —dijo Pablo, su voz firme mientras arrugaba el papel en su mano.
—Qué quieres que haga? Ya fui a la policía. No tengo pruebas suficientes para que hagan algo.
—Entonces yo haré algo. —Su tono no admitía discusión, y la determinación en sus ojos me asustó tanto como me tranquilizó.
—No podés… —intenté protestar, pero él dio un paso hacia mí, su presencia envolviéndome por completo.
—Escucha, Iri. No voy a quedarme de brazos cruzados mientras ese imbécil sigue acosándote. No importa lo que tenga que hacer, pero voy a asegurarme de que esto termine.
ESTÁS LEYENDO
Desde Siempre - Pablo Gavi
Fiksi PenggemarSlow Burn y algo más... Una voleybolista y un futbolista conocidos en La Masía, mejores amigos desde pequeños, se aman desde siempre pero por miedo a arruinar su amistad trataron de frenar sus sentimientos ¿Tomarán coraje o serán reprimidos por siem...
