54

292 20 0
                                        

Iri

El golpe en la puerta resonó de nuevo, esta vez más fuerte, y sentí que el corazón se me subía a la garganta. Pablo, sin pensarlo dos veces, comenzó a acercarse, su cuerpo tenso como un resorte. Se giró hacia mí, su mirada firme y protectora.

—Quédate aquí, no te muevas, entendido? —me dijo, su voz baja pero autoritaria.

—Pablo… —comencé a protestar, pero él ya estaba caminando hacia la puerta, su mano apretando el pomo con fuerza.

El departamento, nuestro antiguo hogar, de repente se sentía más pequeño, como si las paredes se cerraran alrededor de nosotros. Pablo se quedó quieto por un segundo, escuchando atentamente antes de abrir la puerta con cuidado.

Para nuestra sorpresa, no era Marcos. Era Fermín, quien estaba parado con una pizza en una mano y una botella de Coca Cola en la otra.

—Estas de coña? Intentas asustarnos a muerte? —soltó Pablo, visiblemente relajándose mientras se apartaba para dejarlo pasar.

—Y qué? No puedo traer comida a mis amigos? —respondió Fermín con una sonrisa despreocupada mientras entraba al departamento.

Yo, que apenas había estado respirando, me dejé caer en el sillón, sintiendo que la tensión abandonaba mi cuerpo poco a poco.

—Pensé que eras… —no terminé la frase, pero Pablo entendió perfectamente.

Se giró hacia mí, sus ojos llenos de una mezcla de alivio y preocupación. Se acercó al sillón y, para mi sorpresa, se sentó justo a mi lado, tan cerca que nuestras piernas se rozaron. Sentí el calor de su cuerpo, y aunque me obligué a no mirarlo, era imposible ignorar lo cerca que estaba.

—No va a pasar nada mientras yo esté aquí, vale? —dijo en voz baja, inclinándose hacia mí.

Asentí, pero no confiaba en mi voz para responder. Fermín, ajeno a la intensidad del momento, empezó a abrir la caja de pizza y a servir la bebida, como si estuviera en su casa.

—Bueno, bueno, van a quedarse ahí mirándose o vamos a comer? —bromeó, rompiendo la tensión con su habitual falta de tacto.

Pablo resopló, pero no se movió ni un centímetro. En lugar de eso, pasó un brazo por el respaldo del sofá, sus dedos rozando mi hombro. Era un gesto casual, o al menos así quería que pareciera, pero mi cuerpo entero reaccionó a su toque.

Pasamos un rato comiendo y charlando, pero Pablo no se separó de mí ni un momento. Cada vez que Fermín hacía algún comentario sarcástico, él soltaba una carcajada, pero su brazo permanecía donde estaba, su mano ahora descansando en mi hombro.

Cuando Fermín finalmente decidió que era hora de irse, me sentí aliviada pero también nerviosa. Estar sola con Pablo otra vez significaba enfrentar todas esas emociones que había estado intentando ignorar.

Después de cerrar la puerta detrás de Fermín, Pablo se giró hacia mí, sus ojos oscuros fijándose en los míos.

—Cómo estás, en serio? —preguntó, su voz más suave esta vez.

—Estoy bien… ahora —admití, aunque sabía que no era del todo cierto.

Él no respondió de inmediato. En lugar de eso, se acercó un poco más, su mano subiendo desde mi hombro hasta mi mejilla. El contacto me tomó por sorpresa, pero no me aparté.

—No tienes que fingir conmigo, Iri. Sé que todo esto te está afectando más de lo que quieres admitir.

Su cercanía, su tono, el calor de su mano en mi rostro… todo era demasiado. Sentí que mis ojos se llenaban de lágrimas, pero me negué a dejarlas caer.

—Es que… este lugar, vos… todo esto me recuerda a cómo eran las cosas antes. Y ahora es tan diferente, pero al mismo tiempo, es como si nada hubiera cambiado —confesé, mi voz quebrándose un poco.

Pablo me miró con una intensidad que me dejó sin aliento.

—Para mí, nada ha cambiado. Puede que hayamos tomado caminos diferentes, pero siempre voy a estar aquí para ti, Iri.

Mis lágrimas finalmente se escaparon, y antes de que pudiera apartarme, Pablo me envolvió en un abrazo. Su mano se deslizó por mi cintura, mientras la otra se quedaba en mi cabello, acariciándolo suavemente.

—Te tengo, vale? —susurró contra mi oído, su voz llena de una calidez que me hizo sentir segura, como si nada malo pudiera alcanzarme mientras estuviera en sus brazos.

Me aferré a él, dejando que todos esos sentimientos que había estado reprimiendo salieran a la superficie. Nostalgia, amor, miedo… todo se mezclaba, pero en ese momento, lo único que importaba era que él estaba aquí.

Cuando finalmente me calmé, me separé lo suficiente para mirarlo a los ojos. Había algo en su mirada, algo que me hizo preguntarme si él también estaba sintiendo todo esto con la misma intensidad que yo.

—Gracias por volver —dije en voz baja, mi mano descansando sobre la suya.

—Por ti siempre volvería —respondió, y su sinceridad me dejó sin palabras.

Nos quedamos así, mirándonos, y por un momento, el mundo exterior dejó de existir. Todo lo que importaba era que estábamos juntos, en este lugar que habíamos llamado hogar, y que, a pesar de todo, todavía éramos nosotros.

-----
Cuéntenme si les va gustando, porfi🥰❤️
by: vene💋

Desde Siempre - Pablo GaviDonde viven las historias. Descúbrelo ahora