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Iri

Los días previos a los Juegos Olímpicos fueron una locura. Pablo y yo estábamos corriendo de un lado a otro, organizando nuestras cosas como si estuviéramos a punto de irnos de viaje a la luna. El hecho de que ambos fuéramos convocados para representar a nuestros países en los mismos Juegos Olímpicos en Francia era increíble, pero también un caos logístico.

Lo peor de todo era la maldita coincidencia: habíamos comprado las mismas maletas. Idénticas. No podía dejar de reírme cada vez que las veía apiladas una junto a la otra, como si el destino estuviera jugando con nosotros.

—Esto es ridículo. —Dije, mirando las dos maletas idénticas frente a mí.

—Ya lo sé, D’Angelo, ¡yo no las elegí! —respondió Pablo con su tono siempre tan bromista mientras metía una camiseta más en su maleta, que claramente estaba a punto de estallar.

—No sé por qué siempre compras maletas tan grandes. Vas a llevar tu colección de botines de fútbol también?

Pablo me miró y soltó una risita.

—Por si acaso, no me voy a quedar sin opciones, entiendes?

—Claro, porque los botines son lo primero que se necesita en unos Juegos Olímpicos. —Me tiré sobre la cama, tapándome la cara con una almohada.

—Oye, me esfuerzo por tener opciones, vale? —Pablo sonrió mientras se ponía una camiseta del Barça. Yo lo miré y rodé los ojos, porque en ese momento no podía evitar pensar lo mucho que me encantaba verlo tan relajado, tan él.

Nos quedamos en silencio por un segundo. Bueno, no tanto en silencio. Más bien, ambos estábamos mirando las maletas y preguntándonos cómo íbamos a resolver el dilema del equipaje, pero no queríamos admitirlo. Las maletas estaban literalmente al borde de una crisis, y con eso me refiero a que el zíper de una de ellas apenas resistía el peso.

—¿Sabes qué? —dijo Pablo, rompiendo el silencio con su tono juguetón—, deberíamos hacer una competencia. Quién puede empacar mejor?

—Vos? Competir conmigo? ¿Sabes que soy la reina de empacar, ¿verdad?

Pablo soltó una carcajada.

—No sé, no sé, Iri. Soy futbolista, tengo habilidades en logística.

—Eso lo que quiere decir es que tienes demasiados zapatos de fútbol y un ego demasiado grande para ponerlos en una sola maleta.

—Y tú qué sabes de ego? No has visto la cantidad de equipos que tienes para vóley?

Yo lo miré, desafiándolo con la mirada. La tensión entre nosotros era palpable, pero por alguna razón no podía dejar de reírme. Todo era un caos, pero al mismo tiempo, no podía evitar disfrutar de ese momento.

—Vamos a hacer esto, entonces. —Lo desafié—. Una maleta. Quién hace la mejor elección de lo que lleva a los Juegos?

—Una maleta? —Su expresión cambió a la de quien acaba de recibir un reto épico.

—Sí, una maleta. Sin trampas, ni trucos. Solo lo esencial.

Pablo levantó las cejas, se acercó a las maletas y comenzó a sacar cosas al azar, como si estuviera en una tienda de deportes. Lo observé y me contuve de reír. Pero no iba a quedarme atrás, así que comencé a sacar cosas de mi propia maleta también.

—De verdad vas a llevar esto? —le pregunté, sacando una bufanda de fútbol del fondo de su maleta.

—No me digas que tú no llevas tus cosas de vóley! —me contestó, levantando las manos como si fuera una acusación.

—Obvio que las llevo, pero… esta bufanda no va a salvarte en un partido.

Pablo me miró como si acabara de destrozar sus sueños.

—Es para darme suerte, Iri. ¡No lo entiendes!

La situación estaba más tensa de lo que parecía, pero en el fondo era solo una excusa para disfrutar del momento, de esa competitividad tonta que solo nosotros entendíamos.

Cuando ya no quedaba más espacio en las maletas, me di cuenta de que había algo más importante que cualquier objeto o ropa. Lo miré y él me devolvió la mirada. Fue uno de esos momentos en los que las palabras no eran necesarias. Había algo que flotaba en el aire entre nosotros, un entendimiento tácito, como si ambos supiéramos que, en el fondo, no se trataba de las maletas o los Juegos Olímpicos. Se trataba de algo mucho más grande.

—Entonces… quién ganó? —preguntó Pablo, su voz más suave de lo normal.

—No lo sé. Tal vez el verdadero ganador sea el que menos maletas lleve.

Desde Siempre - Pablo GaviDonde viven las historias. Descúbrelo ahora