Slow Burn y algo más...
Una voleybolista y un futbolista conocidos en La Masía, mejores amigos desde pequeños, se aman desde siempre pero por miedo a arruinar su amistad trataron de frenar sus sentimientos ¿Tomarán coraje o serán reprimidos por siem...
La tarde había caído, pero el calor de los rumores no hacía más que aumentar. Las redes sociales estaban al rojo vivo. El video de Pablo besando la mejilla de Iri y su mano, claramente posesiva, sobre su cintura, había desatado un remolino de teorías. Los fanáticos divididos entre quienes los shippeaban como locos y los que no podían creer lo que veían.
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Mientras tanto, lejos del caos mediático, Pablo e Iri habían encontrado refugio en el jardín cerrado del hotel, un espacio rodeado de altos setos y árboles que los ocultaban del mundo exterior. Bajo la luz tenue de las farolas y el murmullo del viento entre las hojas, ellos disfrutaban de un momento de tranquilidad… o algo que se parecía.
Pablo estaba recostado en el césped, con los brazos bajo la cabeza, mientras Iri, enredada con él, se acurrucaba contra su pecho. Su cabello se desparramaba por el brazo de él, y sus dedos dibujaban pequeños círculos en su camiseta.
—Vos decís que alguien nos está buscando ahora? —preguntó Iri, rompiendo el silencio con un tono divertido, pero con una pizca de preocupación.
—Definitivamente. —Pablo sonrió, mirando el cielo oscuro—. Pero eso no significa que vayamos a salir de aquí.
—Estás muy confiado. —Ella lo miró, levantando una ceja.
—Confío en mis habilidades para mantenernos ocultos. Además… —giró el rostro hacia ella, encontrando su mirada—, prefiero quedarme aquí contigo.
Iri no pudo evitar sonrojarse, aunque lo ocultó mordiendo su labio inferior.
—Sos un caso perdido. —Suspiró, pero sus dedos ahora acariciaban suavemente la mandíbula de Pablo, recorriendo el rastro de barba que apenas comenzaba a asomarse.
—Ah, sí? —respondió él con una sonrisa pícara, su mano subiendo por su cintura hasta detenerse en su espalda, trazando pequeños círculos sobre su camiseta.
Iri se inclinó ligeramente hacia él, dejando que sus labios rozaran los de Pablo, un roce lento que hizo que ambos contuvieran la respiración. Pero antes de que pudiera apartarse, él la sujetó por la nuca y la besó con más intensidad.
El beso fue lento al principio, pero pronto se volvió más profundo, lleno de una pasión contenida que ambos habían intentado negar durante demasiado tiempo. Los dedos de Pablo se enredaron en el cabello de Iri, mientras ella lo rodeaba con un brazo, acercándose más.
Cuando se separaron, Iri lo miró con una mezcla de diversión y desafío.
—Qué pasa si alguien nos encuentra acá? —preguntó, aunque no parecía estar preocupada en lo más mínimo.
—Entonces tendrán mucho de qué hablar. —Pablo se encogió de hombros, con esa sonrisa suya que siempre lograba desarmarla.
Ella soltó una pequeña risa, dejando caer la cabeza sobre su pecho. Su respiración era tranquila ahora, pero su mente seguía girando.
—Pablo… —comenzó a decir, sin levantar la cabeza—. ¿Qué vamos a hacer con todo esto?
—¿"Esto"? —repitió él, acariciándole la espalda.
—Nosotros. Los rumores. Las cámaras. Todo. —Finalmente levantó la vista, sus ojos encontrando los de él.
Pablo la miró por un largo momento antes de responder, su voz baja pero segura. —No me importa lo que digan, Iri. Siempre que tú estés bien con esto, yo también lo estaré.
Ella lo observó, notando la sinceridad en sus palabras, y sintió cómo su corazón se aceleraba.
—No lo hacés fácil, sabés? —bromeó, aunque su tono era suave.
—Nunca dije que lo fuera a ser. —Pablo le guiñó un ojo, inclinándose nuevamente para besarla, esta vez con más calma, como si el tiempo no existiera para ellos.
Pasaron varios minutos así, entre besos y risas suaves, hasta que el sonido de pasos cerca del jardín los hizo saltar.
—Escuchaste eso? —susurró Iri, poniéndose alerta.
—Probablemente sea alguien que viene a buscarme para firmar autógrafos. —Pablo intentó bromear, pero también estaba atento.
Ambos se quedaron en silencio por unos segundos, y cuando no escucharon nada más, se miraron y se echaron a reír.
—Quizá deberíamos volver antes de que alguien realmente nos encuentre. —Iri se sentó, acomodándose la camiseta.
—O… podríamos quedarnos un poco más y ver si alguien se atreve a interrumpirnos. —Pablo la miró con esa sonrisa traviesa que tanto la desconcertaba.
Iri negó con la cabeza, aunque su propio rostro no podía ocultar la diversión. —Vamos, Gavito. Antes de que la entrenadora decida encerrarme en mi habitación por tu culpa.
Pablo suspiró dramáticamente, pero la ayudó a levantarse, entrelazando sus dedos con los de ella mientras caminaban de regreso al hotel, intentando pasar desapercibidos… aunque sabían que no sería fácil escapar de los rumores.