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Iri

El estadio estaba lleno de energía. Los colores albicelestes dominaban las gradas mientras los cánticos argentinos resonaban por todo el lugar. Era el primer partido de la selección femenina de vóley en los Juegos Olímpicos, y las expectativas estaban por las nubes. Iri, como capitana del equipo, tenía toda la atención puesta sobre ella, aunque por dentro su cabeza estaba enredada en pensamientos sobre un futbolista que seguramente la estaba observando desde algún lugar.

En efecto, Pablo estaba allí, junto a varios de sus compañeros de la selección española de fútbol. Ocultos en una de las gradas laterales, intentaban no llamar demasiado la atención, pero la presencia del joven mediocampista no pasaba desapercibida. Algunos fanáticos con ojos de águila lo reconocieron de inmediato. Las redes sociales comenzaron a llenarse de publicaciones:

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Iri, mientras tanto, no tenía tiempo para distraerse

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Iri, mientras tanto, no tenía tiempo para distraerse. Vestía su uniforme de entrenamiento con el número 5 en el pecho, un short tan ajustado que acentuaba su físico atlético, y una actitud que irradiaba liderazgo. En el calentamiento previo al partido, ya estaba imponiendo respeto entre sus compañeras y rivales.

—A ver, chicas! Atención! A dejar todo en la cancha! —ordenó con firmeza mientras chocaba las manos con cada una de sus compañeras.

El partido comenzó, y la capitana no decepcionó. Iri era un espectáculo en la cancha: clavaba remates, defendía con garra, y no dejaba de motivar a su equipo. Los comentaristas no tardaron en alabarla.

—Irina D’Angelo está mostrando por qué lleva la cinta de capitana. ¡Qué temperamento y qué talento! Su presencia es crucial para Argentina.

En las gradas, Pablo no podía apartar la mirada. Cada movimiento de Iri en la cancha lo hacía sonreír con orgullo. Fermín, lo empujó con el codo y le susurró:

—Eh, ¿vas a seguir mirándola así o ya vas a gritarle algo desde acá?

—Cállate, Fermín —respondió Pablo, aunque su sonrisa lo delataba.

Pero no todo eran risas. La entrenadora de la selección argentina, Fernanda Quiroga, había notado la presencia de Pablo en las gradas. Su expresión lo decía todo: desaprobación absoluta. Durante ese tiempo, se había enterado de los rumores sobre Iri y el joven futbolista, y no le gustaba la idea de que una relación pudiera distraer a su capitana.

—Concentración total, Irina. No quiero que nada ni nadie te saque de foco —le había dicho días atrás, con un tono que no admitía discusión.

El primer set terminó con una victoria contundente para Argentina, e Iri fue la clave. En el descanso, mientras tomaba agua, su mirada se cruzó con la de Pablo por un instante. Él levantó el pulgar desde su lugar, y ella sonrió.

El segundo set fue más complicado, pero el temperamento de la capitana mantuvo a su equipo en el partido. En una jugada clave, Iri cayó al suelo tras salvar un balón imposible. Se levantó de inmediato, ajustándose los cortos shorts, con la determinación brillando en sus ojos. Los fanáticos la ovacionaron, y Pablo, desde las gradas, no pudo evitar murmurar:

—Esa es mi chica.

—“Tu chica”? —se burló Fermín, soltando una carcajada. —Hermano, ya todos aquí están convencidos de que volvieron.

—Cállate, Fermín.

Argentina terminó ganando el partido en un tercer set muy cerrado. Cuando el equipo celebró en la cancha, Iri levantó los brazos en señal de victoria. Los flashes de las cámaras no tardaron en enfocarla, y en medio de la euforia, un reportero en las redes sociales compartió una foto de Pablo aplaudiendo desde las gradas.

 Los flashes de las cámaras no tardaron en enfocarla, y en medio de la euforia, un reportero en las redes sociales compartió una foto de Pablo aplaudiendo desde las gradas

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Después del partido, el equipo argentino se reunió con la entrenadora en el vestuario. Fernanda, a pesar de la victoria, tenía una mirada seria mientras hablaba.

—Hicieron un gran trabajo, pero esto recién empieza. Ahora, todas a descansar y a mantener la cabeza fría. Y tú, D’Angelo… —hizo una pausa, y su tono se endureció—, espero que no tengas distracciones.

Iri asintió, aunque su mente ya estaba en otro lugar: en la posibilidad de cruzarse con Pablo en el hotel.

Más tarde, mientras regresaba al ascensor, con el cabello aún húmedo de la ducha y el uniforme deportivo puesto, escuchó una voz familiar.

—Capitana! Gran partido.

Se giró para encontrarse con Pablo, apoyado contra la pared, con las manos en los bolsillos y esa sonrisa descarada que la volvía loca.

—Qué haces acá? —susurró, mirando a su alrededor.

—Solo quería felicitarte. Lo hiciste increíble.

—Gracias, pero no deberías estar aquí.

Pablo se acercó un poco más, sus ojos buscando los de ella.

—Tampoco debería haberte estado mirando todo el partido, pero no pude evitarlo.

El corazón de Iri latía con fuerza. Había algo en la forma en que él la miraba que hacía que todas las advertencias de su entrenadora desaparecieran de su mente.

—Siempre tenés que ser tan encantador? —murmuró, sin poder evitar sonreír.

—Solo contigo, D’Angelo. Solo contigo.

Antes de que pudiera responder, el ascensor llegó y ambos entraron, intercambiando miradas llenas de complicidad. Las puertas se cerraron, y en ese espacio reducido, la tensión entre ellos era casi tangible.

—Por cierto… —dijo él, rompiendo el silencio mientras sus ojos se desviaban descaradamente hacia sus muslos—, esos shorts son peligrosos. Estoy seguro de que los usaste solo para distraerme.

—Ja ja, seguro que sí—respondió ella, riendo sarcástica mientras intentaba empujarlo, pero Pablo tomó su mano y la atrajo hacia él.

—Siempre tan pícara...

La sonrisa de Iri se desvaneció por un momento mientras lo miraba, pero antes de que pudiera responder, las puertas del ascensor se abrieron y ambos tuvieron que recuperar la compostura.

Lo que sucediera después, solo ellos lo sabrían.

Desde Siempre - Pablo GaviDonde viven las historias. Descúbrelo ahora