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Iri

El sol ya se asomaba tímidamente por las cortinas de la habitación cuando Iri despertó por segunda vez. Esta vez, no había duda de dónde estaba. La calidez del pecho de Pablo seguía ahí, y sus brazos aún la rodeaban, como si ni en sueños quisiera dejarla ir. Ella suspiró, sus dedos rozaron la piel de su abdomen sin pensar, dejando que el momento la envolviera por completo.

Pero, claro, la realidad golpea cuando menos te lo esperas. El sonido de su teléfono vibrando en la mesita de noche la sacó de su burbuja. Iri estiró el brazo con cuidado para no despertar a Pablo y tomó el móvil. Entrenadora Fernanda. Su corazón dio un brinco.

—Mierda... —susurró para sí misma, aceptando la llamada mientras trataba de no sonar tan culpable como se sentía.

—D'Angelo! ¿Dónde estás? —La voz de la entrenadora no dejó espacio para bromas. Iri tragó saliva.

—En mi habitación, claro —mintió con la naturalidad que se requería en situaciones de vida o muerte.

—Ah, sí? Porque pasé por tu puerta hace unos minutos y no contestaste. Espero que no estés haciendo nada que comprometa tu capitanía en el equipo.

Iri sintió cómo la adrenalina corría por su cuerpo. Esto es, literalmente, lo que compromete mi capitanía, pensó, mientras su mirada se dirigía a Pablo, que ahora tenía un ojo entreabierto y la miraba con una expresión perezosa pero divertida.

—Estaba... en el baño —improvisó, tapando el micrófono del móvil para evitar que Pablo, que ya empezaba a reírse en silencio, la delatara.

—Bueno. Más te vale estar lista para el entrenamiento de esta mañana. Quiero a todo el equipo en la cancha a las ocho en punto. Y, D'Angelo, espero que no me des razones para dudar de tu compromiso con la selección.

—Por supuesto, entrenadora. Nos vemos en la cancha.

Colgó antes de que pudiera decir algo más y dejó caer el móvil sobre la cama, cubriéndose el rostro con las manos.

—En el baño? —La voz ronca y aún medio dormida de Pablo resonó en la habitación, seguida de una carcajada—. Esa fue la peor mentira que te he escuchado decir en la vida.

—Cállate —gruñó Iri, apartando las manos del rostro para mirarlo. Pero su intento de parecer seria se desmoronó en cuanto lo vio. Su sonrisa era desarmante, y la forma en la que sus ojos la miraban... bueno, no ayudaba a que ella quisiera salir corriendo.

—Quieres que te ayude a inventar una excusa mejor para la próxima? Algo como... “Me perdí en un sueño con el chico más guapo de la selección española.” —Pablo se inclinó hacia ella, todavía con esa sonrisa burlona.

—Sos un imbécil —respondió Iri, riéndose mientras le daba un suave empujón en el pecho.

—Pero soy tu imbécil.

Esas palabras, aunque dichas en un tono juguetón, se sintieron mucho más reales de lo que ambos esperaban. La sonrisa de Iri se desvaneció poco a poco, y Pablo lo notó. Su mirada bajó a sus labios por un segundo demasiado largo, y cuando volvió a mirarla a los ojos, la tensión entre ellos era casi tangible.

—Tengo que irme —dijo Iri, aunque no hizo ningún movimiento para levantarse.

—Por qué? —Pablo levantó una ceja, acercándose aún más, su aliento cálido rozando su piel—. Tienes miedo de que alguien se dé cuenta de lo que está pasando aquí?

Ella no respondió. Porque sí, claro que tenía miedo. Miedo de lo que esto significaba, de lo que podría desatar. Pero también sabía que ese miedo no era suficiente para apagar lo que sentía cuando él estaba cerca.

—No tengo miedo de nada —respondió finalmente, con un tono desafiante.

—Entonces quédate —susurró Pablo, su voz baja y grave, mientras su mano se deslizaba suavemente por su muslo, trazando un camino lento hacia su cadera.

Por un momento, todo lo demás dejó de existir. No había entrenamientos, ni selecciones, ni entrenadoras furiosas. Solo estaban ellos, en esa habitación, con todo el peso de su historia juntos y el fuego que seguía ardiendo entre ellos.

Pero antes de que algo más pudiera pasar, la alarma del móvil de Iri sonó, recordándole que el tiempo se acababa.

—Voy a llegar tarde... —murmuró, pero su cuerpo no se movía.

—Yo también. Así que estamos a mano.

Ella se rió, rodando los ojos, y finalmente se levantó, recogiendo su ropa del suelo con prisa. Pablo la observaba desde la cama, apoyado en los codos, con una sonrisa que no podía borrar.

—Nos vemos luego, D'Angelo.

—Cállate.

Y aunque lo intentó, no pudo evitar mirar hacia atrás antes de salir por la puerta. Él seguía allí, con esa sonrisa que podía desarmarla en cualquier momento. Esto no puede acabar bien, pensó. Pero al mismo tiempo, sabía que ya no había marcha atrás.

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ESTUVE ESPERANDO ESTE MOMENTO DESDE HACE TIEMPO.

by: vene💋

Desde Siempre - Pablo GaviDonde viven las historias. Descúbrelo ahora