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Iri

La luz de la mañana se colaba entre las cortinas, iluminando la habitación con un resplandor suave. Iri abrió los ojos lentamente, parpadeando para adaptarse a la claridad. Sintió un peso cálido a su lado y, al girarse, se encontró con la imagen de Pablo durmiendo plácidamente, su pecho subiendo y bajando con cada respiración tranquila.

El caos de la noche anterior todavía estaba fresco en su mente, pero también lo estaba la calidez de sus besos, el roce de sus caricias, y cómo la había hecho sentir. Como si, por unas horas, el mundo no importara.

Sin embargo, el mundo sí importaba, y cuando el reloj de la mesita marcó las 7:00 am, la realidad se estrelló contra ella como un balde de agua fría.

—¡Pablo! —susurró, dándole un empujón suave en el brazo.

Él gruñó, girándose ligeramente, pero sin abrir los ojos.

—Déjame dormir un poco más, Irina —murmuró con la voz pastosa, una sonrisa traviesa formándose en su rostro—. Anoche no me dejaste descansar.

Iri lo golpeó ligeramente con una almohada, sonriendo.

—En serio. No puedes estar aquí cuando venga alguien del equipo.

Eso pareció despertarlo un poco. Pablo abrió los ojos lentamente y se incorporó, abrazando la cintura de Iri y apoyando su cabeza en su abdomen, mientras la miraba con esa expresión burlona que solo él podía lograr tan temprano en la mañana.

—Estás preocupada por tu entrenadora? O porque alguien más pueda ver lo bien que la pasamos? —bromeó, besando su cintura.

—Pablo, no es gracioso. Si mi entrenadora se entera, me mata. Y si tu entrenador se entera, estoy segura de que me deportan a Argentina en el próximo vuelo.

Él soltó una risa baja y, para su frustración, no parecía tomarse la situación tan en serio como ella.

—Bueno, tampoco estaría mal que te deporten… Así no tendría que competir contigo por el jacuzzi del hotel.

—Pablo!

Finalmente, Pablo se levantó de la cama, estirándose con una calma exasperante antes de buscar su camiseta en el suelo. Mientras se vestía, Iri caminaba de un lado a otro, pensando frenéticamente cómo sacarlo de la habitación sin que nadie lo viera.

—Escucha, la inauguración de los Juegos Olímpicos es esta noche, y ya todo el equipo de Argentina está dando vueltas por el hotel. Mi entrenadora podría venir en cualquier momento. Tenés que irte ya.

—Tranquila, D’Angelo —dijo mientras se colocaba los zapatos. Luego se acercó a ella, agarrándola por la cintura y acercándola lo suficiente como para que sus frentes se tocaran—. Te prometo que no me descubrirán.

Ella lo miró con los ojos entrecerrados, sabiendo que siempre tenía esa habilidad de hacerla dudar entre gritarle o besarlo.

—Sos imposible —murmuró, empujándolo suavemente hacia la puerta.

Pablo abrió la puerta con cuidado y asomó la cabeza al pasillo para asegurarse de que estuviera vacío. Luego se giró hacia ella con una sonrisa confiada.

—Nos vemos en la inauguración, ¿vale? Te busco para el desfile.

Antes de que pudiera responder, él se inclinó y le dio un beso rápido en los labios.

—Por si acaso no te lo había dicho: te ves increíble por las mañanas —susurró antes de salir corriendo.

Iri cerró la puerta rápidamente y dejó escapar un largo suspiro mientras trataba de no sonreí. Si alguien lo había visto, estaba perdida.

El resto del día transcurrió en una mezcla de nervios y anticipación. Intentó concentrarse en el último ensayo para la ceremonia, pero su mente siempre volvía a Pablo y la forma en que la había mirado esa mañana.

Cuando llegó la noche, Iri se puso el uniforme de la delegación argentina y se unió a su equipo. El evento era majestuoso: el río Sena brillaba bajo la luz de las antorchas, y las distintas delegaciones desfilaban con orgullo.

Al final del desfile, mientras las delegaciones se reunían para la ceremonia principal, Iri sintió una presencia familiar detrás de ella.

—Sabía que te encontraría entre tanta gente —susurró Pablo, vestido con el uniforme de la selección española.

Ella giró rápidamente, su corazón latiendo más rápido al verlo.

—Qué haces acá? No deberías estar con tu equipo?

—Solo quería desearte suerte. Y, bueno, verte con ese uniforme otra vez.

Ella lo miró, luchando por mantener la compostura.

—Estás consciente de que podrían vernos juntos?

—Eso lo hace más emocionante, no crees?

Antes de que pudiera responder, él se inclinó y le dio un beso en la mejilla, pero esta vez demasiado cerca de los labios. Las chispas estaban ahí, como siempre, y mientras los fuegos artificiales iluminaban el cielo, Iri supo que esta conexión con Pablo no iba a desaparecer tan fácilmente.

 Las chispas estaban ahí, como siempre, y mientras los fuegos artificiales iluminaban el cielo, Iri supo que esta conexión con Pablo no iba a desaparecer tan fácilmente

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Ambos sonrieron, sabiendo que la noche apenas comenzaba.

Desde Siempre - Pablo GaviDonde viven las historias. Descúbrelo ahora