Capítulo Especial II

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Al amanecer Esteban abrió sus ojos y se vio sentado en el sillón de su escritorio. La cabeza se la sentía demasiado pesada, como si en cualquier instante se le fuera a estallar. Se levantó soportando su horrible malestar y dirigió a su habitación para ducharse.

Cuando lo hizo, bajó al primer al comedor en donde sus hijos estaban desayunando y tomó asiento. Ellos no le dijeron absolutamente nada porque en ese momento aún seguían enojados con él y no lo determinaban. Actitud que Esteban entendía a la perfección, pero que era inevitable que no le doliera.

—¿Su madre sigue viviendo en el mismo departamento?

Preguntó él mientras se tocaba las sienes tratando de apaciguar su dolor de cabeza. No obstante, ni Hugo ni Lucía le respondieron.

—Ya sé que no quieren dirigirme la palabra, pero esto es urgente. Voy a hablar con ella y necesito saber si sí o no, por favor, hijos.

Los jóvenes se apiadaron de él y le contestaron al unísono. —Sí.

—Gracias... —agregó el moreno y se marchó del comedor—.

—Oye, Huguín, ¿tú crees que va a hablar con mamá para pedirle perdón?

Hugo dio de hombros.

—Probablemente. ¿No lo viste? Tiene una cruda que no puede ni alzar bien la cabeza.

—Sí, sí me di cuenta. Últimamente anda tomando mucho. —mencionó Lucía sin poder ocultar su preocupación—.

—Bueno, él se lo buscó. —expresó Hugo tratando de actuar con indiferencia—.

—Total, pero, ay, acepta que a veces extrañamos a papá. Digo, te acuerdas de que éramos muy unidos los tres.

—Obvio que me acuerdo, apenas han pasado dos meses, tarada. —rió él con melancolía—. Aunque seguimos siendo los tres, la diferencia es que ahora tenemos una mamá.

—De todos modos, yo extraño a mi papá. Yo sí lo acepto, no como otros por ahí que se hacen los fuertes. —le lanzó ella una indirecta—.

El joven sonrió y le respondió. —Si es lo que quieres escuchar, está bien, yo también lo extraño mucho.

—Oye, Hugo, y tú te imaginas que... —la joven se echó a reír de solo pensarlo— que mamá perdone a papá primero que nosotros dos y de la nada nos digan que se reconciliaron y luego felices los cuatro, como dijo Maluma.

Él se echó a reír completamente incrédulo y le contestó. —¡Ay, hermanita, estás viendo muchas telenovelas! —ambos rieron—. Si mamá lo odia. A leguas se le nota que le guarda un rencor que hmm, sólo basta con verla cuando mencionamos a papá, se le arruina la felicidad.

Lucía rió y confirmó. —¡Literal! ¡Yo creía que era única que lo notaba como tú siempre andas en las nubes! La cara le cambia un montón, pareciera que se le dañara el día, es que acá entre nos, nuestra madre es como un poquito enojona, ¿verdad?

—¡Cierto! —afirmó el joven sonriendo—. Eso también lo he notado, tiene un carácter medio fuerte. Quizás es por todo lo que ha tenido que atravesar, no lo sé.

—Puede ser. Oye, y ya que estamos aquí chismeando a gusto, ¿a ti no te da la impresión de que su abogado está enamorado de ella y ella como que tampoco le es indiferente?

—Sí, pensé que sólo eran ideas mías. No te sorprendas si de pronto Iñaki se vuelve nuestro padrastro.

—Créeme que no. A ese español se le nota que se muere por mamá. ¿Cómo no? Es una mujer todavía joven, guapa, tiene unos ojazos, que por fortuna heredé yo, —se halagó ella señalándose— mejor dicho, cualquier hombre. Hasta mi papá... —se echó a reír con malicia—.

Mi vicio y mi condenaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora