Capítulo Especial VI

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[...]

A la mañana siguiente ambos llegaron a Lom-ent con un par de ojeras bastante notables. El motivo era porque se habían quedado conversando en la pieza hasta las tres de la madrugada.

Cuando Esteban se percató de que Marcia había llegado a la empresa, se dirigió hacia ella, la tomó suavemente por su mano y le pidió que ingresaran a su oficina.

—¿Cómo estás? —le preguntó él acariciando su rostro—.

—Bien, bien. —respondió ella sonriendo un tanto avergonzada—. ¿Y usted?

—¿Yo? Más que feliz. Aunque, creo que me dará gripe, yo lo sabía, sabía que quedarme con la ropa mojada por tanto tiempo iba a traer sus consecuencias.

—Sí, es que nos desvelamos platicando y usted duró muchas horas con ese disfraz puesto.

—Pero no me arrepiento de absolutamente nada. ¡Valió la pena todo! —afirmó él sonriendo—. Por cierto, en medio de nuestra larga y eterna plática acordamos que no nos íbamos a hablar más de <<usted>>, que a partir de hoy nos íbamos a tutear.

La castaña rió.

—Tienes razón, es la costumbre. Todavía no termino de asimilar que seas mi novio. Hasta raro se escucha cuando digo <<mi novio>>.

Ambos rieron con timidez.

—¿Y la rodilla? Veo que tienes otro parche, ¿te duele?

—Más o menos, cuando hago ciertos movimientos.

—Ah, entiendo. De todos modos está muy reciente la herida, ni siquiera tiene veinticuatro horas.

—Así es.

Le contestó ella y los dos volvieron a reír un poco avergonzados. Aún les costaba actuar sin ningún tipo de pudor al estar juntos.

Esteban se acercó a su boca para besarla con delicadeza y ella le correspondió. Sin embargo, a los pocos segundos se separó de él advirtiéndole que alguien los podía ver. El moreno rió refutándole que a ninguno de los dos les debía importar que aquello sucediera, ya que tenían todo el derecho a tener una relación y nadie podía decir nada. Pero, que si ella no se sentía preparada para que los demás lo supieran, que estaba perfecto, él la comprendía.

—Para todo hay una solución —mencionó Esteban y le susurró lo siguiente— ¿qué te parece si bajo las cortinas de la oficina para que nadie nos vea?

Ella asintió sonrojada.

—¡Ahhh, se me estaba olvidando! —agregó él yendo hasta su escritorio para tomar una pequeña caja dorada con un lazo rojo—. Te traje esto, son chocolates, supuse que te gustan. Y si no te gustan, me lo puedes decir sin vergüenza para cambiártelos.

Marcia esbozó una sonrisa fascinada con aquel detalle, aunque más todavía con la forma en cómo él le hablaba y estaba dispuesto a complacerla.

—Por supuesto que me gustan, son mis dulces favoritos. —los recibió sonriente y le propicio un pequeño beso al moreno—. Gracias, gracias por tan lindo regalo.

—¿Te gustaría ir a cine hoy? Aprovechando que es viernes.

—¿A Cine? ¿A qué hora?

—En la noche, paso a recogerte. ¿Qué dices?

—Bueno, está bien. Puedes pasar por mí a las ocho. ¿Te parece?

—Me parece perfecto. Ahí estaré puntual tocándote la puerta.

La castaña medio rió y le respondió convincente. —De eso no tengo dudas.

—¿Cierro las cortinas? —le preguntó el moreno palpándole la nariz mientras una sonrisita pícara se dibujaba en su rostro—.

Mi vicio y mi condenaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora