Capítulo Especial IV

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[...]

A partir de aquel inesperado día en el que Marcia y Esteban bajaron sus armas y se permitieron mostrarse vulnerable ante el otro, algo cambió entre ellos. Algo que a simple vista se podía notar; su relación.

Ya para los dos resultaba simplemente imposible tratarse como solían hacerlo. En ocasiones con indiferencia, con cierto enojo y burla, y otras veces limitándose a los formalismos y a las cortesías, pero sin dejar de marcar la distancia.

No porque el moreno lo deseara, sino porque fue la única alternativa que le dejó la castaña después del repentino y atrevido acercamiento que había tenido con ella en la oficina de presidencia, situación que terminó en un <<accidental>> beso y en una <<terrible confusión>> por parte de él al insinuarle que tal vez entre ambos podía existir algo más que un sentimiento de aversión.

Esteban sabía que debía mantenerse firme y comportarse exclusivamente como un jefe, ya que si volvía a hacer lo mismo o lo más mínimo con intenciones fuera de lugar, fuera de su lugar de jefe, Marcia no iba a dudar en renunciar, y aquello sí que era una consecuencia que no estaba dispuesto a afrontar. Dos razones lo llevaban a no querer que ella se fuera de su empresa y de su lado. Principalmente, porque la sola idea de que por culpa de su desfachatez su secretaria se quedara sin empleo, lo que probablemente era su único sustento, le generaba remordimientos, y segundo, aunque no era consciente del todo, su instinto se negaba a toda costa a dejar de verla día tras día pese a que tenían una pésima relación laboral.

Sin embargo, aquel día para ambos significó un antes y un después, porque a la mañana siguiente al llegar a Lom-Ent y percatarse de que la oficina de presidencia todavía permanecía vacía, la castaña acomodó sus pertenencias sobre su escritorio y lo esperó con un poco de ansiedad.

Era tanta su impaciencia que de forma involuntaria empezó a morder la tapa de su bolígrafo negro. Luego, al darse cuenta de su peculiar acto, rió acordándose de que estaba haciendo exactamente lo mismo y experimentando la misma adrenalina de hacía algunos años cuando le tocaba examen de biología y llegaba temprano al salón de clases para guardarle el puesto a una de sus compañeras, quien casualmente era la más inteligente en esa materia, con el propósito de que se sentara a su lado y le susurrara las respuestas que necesitaba. Pero al mismo tiempo rogándole a Dios para que Sor Juana, la maestra de biología que se merodeaba cada cinco minutos por el todo salón, no las descubriera.

—Buenos días, señorita.

Escuchó Marcia una voz masculina que la sacó de su nostálgico recuerdo y de inmediato volteó hacia donde provenía el saludo.

Y allí estaba él. Esbozando una pequeña sonrisa con los irresistibles labios <<besuqueables>> y ondeando su mano derecha con un tris de brusquedad.

—Ehh, —titubeó la castaña sintiendo que el corazón se le aceleraba cada vez más— buenos días, señor.

—Hoy me retrasé un poco, pero no fue mi culpa, esta vez fue del tráfico tan horrible de esta ciudad.

—Lo comprendo. —sonrió ella—. Yo por eso siempre intento salir con más anticipación.

—Dios, me imagino. Y en su caso es más complejo porque yo siempre veo los camiones repletos a estas horas de la mañana. No les cae un alma más.

—Hmm, parecemos reces en traslado a otra hacienda.

Afirmó la castaña y los dos se echaron a reír muy despacio, más bien con timidez, porque a pesar de que la forma de socializar entre ambos había cambiado irreversiblemente, ninguno se sentía con la suficiente libertad para actuar como un par de amigos.

Mi vicio y mi condenaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora