ADN evidentemente palpable

955 40 116
                                        

[Una semana después]...

[Sábado]...

—¡Lombardo! ¡Hermano!

—¡Leo! —exclamó Esteban sonriente y le propició un cálido abrazo al joven—. ¿Cómo has estado?

—Yo, pues aquí, sobreviviendo. ¿Y tú? ¿Qué tal? ¿Tu familia cómo está?

El moreno decidió tomar asiento en una banca de las mesas que había en la sala de visitas de la cárcel y Leonardo imitó su acción quedando frente a él.

—Bueno, yo estoy muy bien, contento, feliz. ¡¿Qué crees?! —esbozó una sonrisa satisfactoria—. ¡Ya nació mi hijo!

—¡Qué padre! ¡Qué bendición, Lombardo! —agregó Leo emocionado—. De todo corazón, me alegro por ti, hermano.

—Yo lo sé. —Esteban le palpó su brazo—. Gracias, Leo.

—Creí que ya no te aparecerías más por acá.

—Leo, ¿cómo crees que iba a ser tan ingrato de no cumplir con mi palabra de venirte a visitar?

—Lo llegué a pensar, eh. ¿Quién va a querer estar metido los fines de semana en este hueco? Y para colmo de males, los sábados.

—Es cierto que desde que salí de aquí no había vuelto, pero créeme que no fue por desinterés, sino más bien por asuntos de contratiempo. Como un día te conté, mi empresa quedó en bancarrota así que estoy trabajando fuerte en ella, todos los benditos días.

—Tranquilo, te entiendo, Lombardo. Antes te agradezco que te hayas acordado de este asaltador de bancos. —rió—.

Esteban soltó una leve carcajada ante su evidente ironía y añadió. —Fíjate que no, yo no me acuerdo de ese tal asaltador de bancos. Yo me acuerdo es de mi amigo Leo, el mismo que me hacía reír cuando sentía que me estaba pudriendo en este encierro y el que me salvó de que me cachara un guardia en el baño.

El joven le sonrió chocando su puño contra el suyo. —Va a ser muy difícil volverme a encontrar una compañía tan divertida y tan paternal como la tuya, Lombardo.

—Lamentablemente tienes razón. —le contestó él bromeando—. Ninguna compañía será igual de buena o mejor que la mía porque soy irreemplazable.

Los dos rieron ante el comentario graciosamente egocéntrico de Esteban.

—Extrañaba tus chistes, hermano.

—Hablando de extrañar, Leo, acá entre nos, a veces me hace falta ver los partidos en el patio y que de repente surja una riña tonta por el partido. —confesó él y se echó a reír de manera suspicaz—.

Leonardo también soltó unas ligeras carcajadas y le respondió con cierto tono de diversión. —Justo ayer en el partido de basquetbol se armó tremenda bronca, nomás por un simple empujón. Pero la cosa se iba calentando tanto que los guardias tuvieron que intervenir y amenazaron con castigar a los que retomaran la discusión.

—Y yo sólo espero que seas espectador y no te andes involucrando en esas riñas.

—¡Para nada! —él negó con su cabeza—. ¡Tú me conoces, hombre! Me conoces y sabes que lo que menos me gusta es andar metido en broncas.

—Y haces muy bien porque... —Esteban arqueó una ceja y sonrió— estuve averiguando sobre tu caso y es posible que te rebajen la pena y salgas más pronto de aquí.

El joven frunció su ceño agrandando un tanto sus ojos y esbozó una sonrisa llena de incredulidad. —¡¿No me estás chingando, verdad?! —completamente impresionado apretó el puño izquierdo del moreno—. ¡¿Me estás diciendo la neta, Lombardo?!

Mi vicio y mi condenaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora