El primer día, Candy solo fue acompañada hasta la entrada; al igual que muchos otros chicos que se despedían de sus padres por la ventana del coche y que, a partir de ahí, caminaban por su propio pie hacia el interior del colegio.
Eran tantas las etnias mezcladas que podían distinguirse a simple vista... Abundaban las caras blancas, pero también lo hacían las oscuras y las asiáticas entre otras más.
Podía decirse que ningún tipo de característica sorprendía; solo una, y era que no había nadie de la edad de Candy todavía.
Pero ella quiso ir más temprano para evitarse posibles contratiempos, así que... el motivo bien que podría ser ese.
Justo como lo había planeado, la cobriza pasó por secretaría para asegurarse de que le habían indicado la clase correcta y, una vez confirmado, subió las escaleras del edificio contiguo para dirigirse hacia su meta. Al abrir la puerta, el aula la recibió con un gran ambiente desierto; los pupitres y paredes vacías no hacían sino aumentar la sensación de soledad, lo cual logró abrumarla un poco. No obstante, Candy tómo ventaja de la situación y cogió asiento en el centro de la segunda fila, donde llegaba una buena luminosidad proveniente de las ventanas y tenía una vista cercana a la pizarra.
Después fue a guardar sus cosas en la taquilla del pasillo, donde se entretuvo luchando con el candado hasta que a este le dio la gana de abrirse —lo que debería considerarse un milagro divino, sin duda—. Y a los cinco minutos de volver al aula, por fin un terceto de chicas cruzó la puerta sin parar de reír.
Directamente fueron a coger los asientos desde los que les sería más cómodo hablar. Y tan enfrascadas estaban en su mundo, que no fueron conscientes hasta dentro de un tiempo de que "por casualidad" cerca de ellas se hallaba alguien más.
—Perdona, ¿Eres nueva?
—Sí.
Como si no fuera obvio de percibir.
—Oh. —La rubia de coleta rosa que le hizo la pregunta sonrió—. ¿Cómo te llamas?
—Candy.
—Pues encantada. Yo soy Jen, y ellas son Lucy y Adele —dijo señalando a cada una en el orden pertinente.
Las otras dos asintieron en forma de saludo. Lucy con su pelo corto recreaba el estilo pin up con el típico lazo que no podía faltar. Adele, por su parte, resplandecía tanto por la cantidad de accesorios dorados que llevaba que casi no se le podía ver a la cara. Por más irónico que sonase, las normas permitían llevar tantos accesorios que quisiesen, siempre y cuando no llegaran a opacar el uniforme.
Candy reconocía tener la seguridad de que su amabilidad no era fingida, pero sí temporal, de la típica que se manifiesta al chocar con alguien por la calle sin que signifique nada a la larga. Cortesía pura y dura. La típica que bien podía confundirse con una invitación abierta a formar parte de un grupo.... antes de revelarse como un mero engañoso y vil espejismo.
Y frente a un panorama tan conocido, Candy optó por ignorarlas y se puso a leer uno de los libros del curso que guardó en su cajón para hacerse una idea del contenido.
Observó de reojo como más chicos fueron llegando, a los que el terceto de chicas se fueron acercando y saludando con mucho ánimo. Cada vez entraban más, y todos intentaban de manera apresurada coger un buen sitio.
La cobriza examinó con detalle los atuendos.
Por lo que parecía, se aprovechaban un poco de las lagunas del reglamento sobre el uniforme. Ya no se trataba solo del grupo de Jen, Lucy y Adele, sino que la mayoría de chicos y chicas decidían llevar la camisa blanca de manga corta con algunos botones desabrochados o sin la corbata; otros, optaban por mantenerla pero con el nudo hecho de cualquier manera.
ESTÁS LEYENDO
Perfectamente equivocados
RomanceAtraídos como imanes, Candy y Lex se unirán para continuar siendo los mejores estudiantes del colegio sin renunciar a la libertad que el último año de bachillerato amenaza con arrebatarles. Ambos conocen parte de la crudeza que conlleva la perfecc...
