22. Buenos estudiantes, buenos hijos II

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—Tengo... demasiadas cosas en la cabeza.

—Puedes soltarte conmigo.

Levantó la vista y clavó sus ojos en los suyos. De alguna manera, le dio suficiente confianza para que, por primera vez en la noche, decidiera abrirse.

—¿Por qué la gente es así?

Él la observó extrañado.

—¿Así cómo?

—¿Desde cuándo tener buenas notas te da automáticamente un gran valor como persona? —cuestionó exigente—. Es como si escucharan esa característica y diesen por hecho que eres un hijo pródigo, poseedor de todas las virtudes que un ser humano pueda tener. ¿Y por qué? ¿Acaso esta nueva generación no ha demostrado que hay quienes pueden salir adelante con su talento sin importar si sacan un simple aprobado o una B en el colegio?¿Que por otro lado una gran multitud hace cola para cobrar el paro, incluso con un doctorado, mientras otros cerebritos como Steve Jobs no necesitan acabar la universidad para convertirse en millonarios? ¿Por qué diantres siguen, tanto pobres como ricos, uniendo esos dos conceptos como si fueran sinónimos? Si eres buen hijo, eres buen estudiante, y a la inversa. ¿Es que una persona que no cumpla con ese requisito no puede ser igual de valiosa o qué?

Lex se tocó el puente de la nariz.

—Candy, por más que me fascinen tus teorías filosóficas... No siempre estoy listo para digerir todo tan rápido —manifestó entre risas, a lo que ella reaccionó un tanto avergonzada.

—Lo siento.

—Solo ve más lenta, por favor —pidió con amabilidad—. Y dame tiempo para procesarlo.

Llegaron a una de las bancas, en la cual ambos se sentaron al lado del otro. Candy alzó la cabeza y contempló el medio perfil de Lex iluminado por la luz de la luna. De esa manera, también acabó presenciando como Lex se pasaba la lengua por los labios.

—Tal vez porque tradicionalmente todo el mundo valía una cosa o la otra dependiendo de unos criterios —supuso al final—. La reputación era lo esencial. Nadie se cuestionaba la buena vida o incluso la felicidad como objetivo por otros medios. El tipo de estudiante que seas, es hoy la característica de la que depende tu apariencia.

Candy volvió a hacer memoria de la conversación.

—Pero hace décadas que las personas dejaron atrás esos cánones... —prosiguió—. ¿Por qué todavía esa mentalidad prevalece?

Lex suspiró.

—Supongo que es porque lo toman como una señal de que está determinado a aprovechar la educación que se te brinda y a abrirte puertas el día de mañana. Y si ahora sacan la posibilidad de hacer dos grados universitarios al mismo tiempo en masa... Pues genera el pensamiento global de que teniendo más, un mejor futuro te depara.

Ella no pudo evitar esbozar una sonrisa sarcástica.

—Eso es lo que creen, ¿Pero cuál es la realidad?

—Pues que no. Unos se están forrando de dinero a nuestra edad siendo influencers, presumiendo de su belleza y viajando o así, mientras otros nos consumimos estudiando sin ganar un céntimo en todo el día —afirmó él casi en susurros.

—Pero es porque nosotros, queremos hacer algo para lo que necesitamos estudios sí o sí.

Lex asintió con pesar, justo cuando a ella se le vino una idea a la cabeza.

—¿Y qué si estamos desperdiciando todo este tiempo en algo que puede que ni nos guste al final? —preguntó.

Él la miró con las cejas fruncidas.

Perfectamente equivocadosHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora