34. Experiencias distintas, ideas distintas II

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—Entonces... ¿No te vas a separar de esa barra en toda la tarde?

Lex se volteó sobre sí mismo para mirarla con reproche. Un gesto por el que casi perdió la estabilidad, aunque gracias a sus reflejos pudo volver a aferrarse al pasamanos y se quedó inmóvil de nuevo.

Candy negó con la cabeza mientras una pequeña pasaba por su lado sujeta a los manillares de un "pingüino".

—Si tanto lo necesitas, estaría bien que te consiguieras uno de esos.

Se refería a las figuras de animales agrupadas a la otra punta de donde estaban ellos —mayormente pingüinos y osos polares— que tenían agarradores a sus lados y servían como sustento para los niños, ayudándoles a mantener el equilibrio por la pista de hielo. Estaban diseñados a su altura y el de forma de foca hasta les permitía subirse encima, como un tipo de cochecito.

—Muy graciosa.

Ella se deslizó más cerca de él y le extendió sus manos. Los ojos de Lex destellaron interrogantes.

—Cógete a mí, anda.

Lex bufó.

—Tú más que nadie debería estar al tanto del peligro que suponen esas cosas cuando no sabes patinar.

—Lo peor que puede pasar es que te caigas sentadito y que te des un buen golpe en la zona trasera... pero, eh, el hielo alivia.

Sin embargo, él no estaba nada de acuerdo.

—Te olvidas de que estos aparatos llevan una cuchilla de acero afiladísima bajo la suela, Candy —indicó serio—. ¿Qué pasa si te caes, te la clavas en el brazo y te pasas el trayecto hacia el hospital pensando que te vas a desangrar para que luego te quedes con una cicatriz como recuerdo de por vida?

Los ojos de Candy se dirigieron a su brazo, pero él movió la cabeza.

—No es a mí a quien le pasó, pero lo presencié de niño —le aclaró—. En una fiesta de cumpleaños, dos de los pocos que sabían se pusieron a perseguirse hasta acabar los dos en el suelo, solo que con uno herido por clavarse el filo de los patines del otro. Lo único que recuerdo era un caos total y a los niños llorando sin parar. ¿Moraleja? No vale la pena.

Candy adquirió una expresión comprensiva.

—No te niego que es un riesgo, sí, pero es difícil si vas con cuidado —afirmó ella—. El descuido que pueden tener unos niños guiados por las ganas de jugar no es el mismo que el de una mente mucho más madura y consciente ante el peligro. Si te acompañas de alguien que sabe y que te enseñe como caerte cuando percibas que es inevitable, no tiene por qué pasar nada tan grave.

Lex vio su mano, pero se notaba la reticencia en sus ojos.

—Te cuesta superar el miedo, ¿eh?

—Y la mala pasada —añadió él por lo bajo.

Candy suspiró.

—Lex... debes tratar de sobreponerte a esas situaciones porque si no lo haces se va a convertir en un problema repetitivo en tu vida, te lo advierto. Y no será con algo tan fácil de solucionar, así que aprovecha ahora en afrontar uno de los obstáculos que te asustan. Vamos.

Él se contuvo bastante, pero después de quedarse un rato dudando, tomó su mano.

—Bien, ahora la otra.

Candy era consciente del gran salto de confianza que estaba dando, por lo que mantuvo todo el tiempo los brazos estirados mientras lo alentaba.

—Muy bien, vas muy bien.

Perfectamente equivocadosHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora