70. Revelaciones y castigos

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Lex le clavó la mirada encima mientras Nora y Celest aparecían por el otro lado del pasillo.

—¿Fuiste tú?

Sandie enmudeció.

—En realidad, no necesitas decirme nada —continuó el rubio—. Todo lo que ha pasado encaja con tu perfil.

Ella sintió un miedo repentino y se escondió detrás de la espalda de su padre, quien tuvo que hacer un esfuerzo por controlar sus emociones.

—Lex, justo ahora íbamos a sentarnos a hablar.

—¿Y por qué no iba a estar yo presente? —intervino él con seriedad—. ¿Alguien me lo explica?

—Si estás preparado para guardar la calma mientras tu hermana nos cuenta todo, vamos a la sala de comedor.

Lex la repasó con la mirada e hizo un leve asentimiento.

—Lo intentaré, pero tú trata de evitar recordarme cualquier vínculo de parentesco que tenga con ella.

Tal vez su madre podía tolerar el puñal de sus palabras, pero no el resto, y el matiz de frialdad con que lo dijo heló a los cuatro presentes, incluso a la misma Cassandra.

Nathan siguió con el resto al comedor e inclusive posición en la que se sentaron fue clave. Él cogió la punta de la mesa; Celest se sentó en la fila de la derecha, junto a Sandie y Nora, mientras que Lex se sentaba en la fila de la izquierda frente a su madrastra.

Los cuatro se giraron cuando Nathan carraspeó.

—Esta situación es una en la que no hubiese imaginado encontrarme jamás —declaró con certeza—. Y creo que a ningún padre tampoco le gustaría experimentarla.

Los demás hicieron silencio mientras él se tomaba un segundo para volver a continuar.

—Cassandra, de verdad quiero creer que todo esto lo hiciste en un estado catatónico de inmadurez o que tienes una condición depresiva o similar que no te ha dejado racionalizar con claridad.

—Inmadurez no ha sido —negó Lex—. La mentalidad que yo tuve a su edad no fue ni la mitad de retorcida de la que ella tiene.

—Solo he dicho la verdad, ¿vale? —argumentó Sandie en su defensa—. ¿Lex responde siempre a la imagen de perfecto? Bueno, alguien aquí tenía que demostrar que no lo es.

—¿Se puede saber de qué hablas? —cuestionó Nathan.

—¿Acaso no te das cuenta? —exclamó su hija—. Lex es el favorito de la clase, el que saca buenas notas, el buen amigo, el buen hijo... ¡Y no es así! Maldita sea, él también tiene fallos. ¡Pero todo el mundo, incluso mamá y tú, lo tratáis como si no los tuviera! ¡Y si no fuera por la caridad en acogerlo jamás fuera el que es ahora!

—Creo que todos hemos notado la envidia que emanas —intervino Lex, hablando en dirección a la rubia—. Cassandra, todo es tan simple como que te faltó darte un golpe en la cabeza para que tus neuronas reaccionasen y reparasen en que tienes una hermana melliza que nunca te deja sola, que tienes a tus dos padres juntos, gozas una estabilidad económica y social excelente, además de obtener todo el cariño de quienes te rodean, sin que jamás en la vida hayas tenido que experimentar lo que es una pérdida.

La pequeña hizo un leve quejido de protesta.

—Mi vida solo sería tan buena como la pintas si no te hubieses mudado a esta casa.

—Lo mismo digo. —Cuando Lex soltó esas palabras, ella abrió los ojos—. ¿Te recuerdo que cuando llegué yo era el único que estaba fuera de lugar? Yo era un preadolescente y esta era la familia de mi padre junto a su esposa, no la mía, pero me tuve que mudar porque tenía una enorme herida emocional. Así que me prometí a mí mismo romperme el pescuezo para nunca dar motivos para que me echasen o se decepcionaran de haberse hecho cargo de mí. —Decirlo le trajo el dolor que le provocó en su momento—. Tal y como tú dices, yo también sentí que me acogió por lástima y que tenía una deuda pendiente con él.

Perfectamente equivocadosHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora