64. Mensajes ocultos

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Candy volvió a agachar la cabeza para vomitar. La nariz y la garganta le ardían como si estuviesen en carne viva. Cogió el papel higiénico casi arrancándolo de la máquina en que lo envolvían, puesto a que los rollos en los baños del colegio siempre se trababan. Sacó suficiente cantidad para limpiarse la cara, antes de sentarse sobre la tapa del inodoro y abrir su mochila.

Imploraba al cielo que las náuseas parasen ya y así pudiese salir por fin de allí.

Se estaba arrepintiendo de haber asistido a clases en esas condiciones. Al menos a la primera hora, sabiendo que podía chocarse con...

—Demonios, Candy —volvió a quejarse el rubio—. Solo te estoy pidiendo que me asegures que no estas así por un posible...

La susodicha cerró los ojos. Desde el día anterior, Lex le había llamado y enviado un mensaje después de días sin hacerlo, con una única pregunta después de la de "cómo te sientes": ¿por casualidad no estarás...?

—Lex, ¡te he dicho mil veces que llevo tomando la píldora a la misma hora cada día durante un año y medio! —siguió chillando ella desde el cubículo. 

Y encima había cerrado la entrada al baño de chicas para asegurarse de que nadie lo echase hasta que hablara con ella.

—¡Y te creo! —afirmó él—. ¡Pero solo es desde hace muy poco tiempo que dejaste de ser virgen! Y si ahora me dicen que de pronto empiezas a tener náuseas y a vomitar...

Ella salió de golpe, localizando a Lex y entregándole en la mano un pequeño paquete rosa cerrado con una tirita blanca.

—¿Qué es esto?

—Una compresa usada. ¿Te has quedado tranquilo ya? —le preguntó cortante antes de bufar—. Ve a tirarla, anda.

Lex se la quedó viendo con el ceño fruncido, hasta que decidió reaccionar y meterla en la papelera.

—¿Entonces estás en tus días?

Candy asintió, enjuagándose la boca rápidamente en la primera pica a la que llegó, para después sacar de su mochila un cepillo de dientes en una funda junto a un dentrífico. Lex se tomó el tiempo en que ella se lavaba los dientes para despertar del shock y volver a ingresar aire en sus pulmones.

—Eso significa que Rachel tenía razón —murmuró por fin—, solo es una simple gastritis.

Él esperaba ver un asentimiento por parte de ella, pero no llegaba.

—Porque lo es, ¿verdad?

Ante su pregunta, Candy movió la cabeza.

—No exactamente...

—¿Qué?

Su temor le confirmó que la había malinterpretado.

—Me refería a que no tiene nada de simple —esclareció ella—. En realidad, me suele dar con cierta frecuencia.

Lex frunció el ceño.

—¿Qué? —Él parecía completamente perdido—. ¿Cuándo...?

—Siempre suele darme alrededor de los exámenes... Pero también cuando me enfrento a una situación nueva, o cuando me agobio mucho.

Por más que Lex trataba de buscar rastros en su mente, no veía ninguno.

—¿Y cómo es que yo no...?

—No te fijabas —comentó ella con una sonrisa apagada—. Pero, ¿te acuerdas de cuando te dije en el nighclub donde Dave quiso celebrar su cumpleaños que yo estaba algo mal con el estómago?

Perfectamente equivocadosHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora