Atraídos como imanes, Candy y Lex se unirán para continuar siendo los mejores estudiantes del colegio sin renunciar a la libertad que el último año de bachillerato amenaza con arrebatarles.
Ambos conocen parte de la crudeza que conlleva la perfecc...
En cuanto Lex se sentó en la banca del patio junto a ella, lo saludó por pura cortesía.
—Hola.
—¿Qué tal te ha ido el día?
Candy se hizo la desatenta.
—Bien.
—Ah, qué suerte —dijo él—. El mío ha sido...
Y de esa manera acabó pasando lo mismo que la otra noche en WhatsApp. A pesar de que se hiciera la cortante, la callada, Lex no pillaba nada y hacía como si todo fuera igual que siempre. ¿Acaso no era consciente de lo hirientes que fueron sus palabras el otro día? O por el contrario, ¿cómo podía fingir tan bien?
—...Así que este viernes vamos a lo de Dave —prosiguió, bien tranquilo—. ¿Compramos el regalo conjunto o individual? ¿Cómo lo ves? A mí me van bien ambas opciones.
—Joder, ¡Lex! ¡Basta ya!
Su exclamación lo dejó mudo.
—¿Qué he hecho?
Candy soltó una risa irónica.
—¿Es cinismo o es que acaso tienes la habilidad de herir a la gente tan fácilmente y olvidarte?
Pero Lex no lo comprendía.
—¿Has vuelto a soñar otra situación rara o algo por el estilo?
...Oh, no... no dijo eso.
—Lo que me echaste en cara insolentemente el otro día... ¡No fue un maldito sueño!
Y teniéndola delante de esa manera, rojísima, destilando rabia por todos sus poros y lista para comenzar a escupir fuego por los ojos, él tuvo el descaro de ponerle un dedo en frente y sacar el móvil.
—Un segundo.
Candy tuvo que armarse de paciencia para no abalanzársele encima y arrancarle la cabeza.
—Es Meg.
Ella parpadeó varias veces.
—¿Qué?
—Dave me ha dicho que vayamos los dos, es urgente —le contó.
Él guardó el móvil dejando atrás la postura despreocupada y espabilándose para caminar a clase mientras Candy lo seguía.
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Lex iba delante subiendo las escaleras de dos en dos y Candy iba detrás, hartándose de su rapidez tan solo al llegar a la primera planta. Odiaba que el acceso al ascensor estuviera restringido para ellos. Todavía con su malhumor encima, siguió recorriendo sus pasos hasta llegar a la planta de arriba y caminar de largo hacia donde estaba el aula. Sin embargo, había tanto silencio alrededor que desde su lugar ya se oían los lloriqueos y las voces.