Una vez en la barra, Candy trató de llamar la atención del barman sobre toda la gente que había allí. Y cuando por fin lo consiguió, no pudo hacer otra cosa que rezar para que la reconociera.
—Perdona —se disculpó sintiéndose algo tonta—, no sé si te acordarás, pero... ¿has visto al mismo chico rubio que iba conmigo en esa mesa? Dijo que iba a acercarse a pedir algo.
Él movió la cabeza y luciendo arrepentido, negó.
—Sé de quién me hablas pero no lo he visto por aquí, guapa. Lo siento.
—De acuerdo, gracias.
Ella soltó un bufido de hastío y volvió a hacer un repaso global del lugar, sin localizarlo.
Trató de llamarlo, ignorando el aviso de que el móvil necesitaba cargarse, y tampoco contestó.
Así que por último, ya algo ansiosa, se adentró en la pista durante un buen rato sin éxito. Se puso a preguntar hasta a un chico que salía del baño, pero nada. Y cuando quiso volver a probar suerte para que le cogiera la llamada, el móvil se le apagó por la falta de batería tan pronto se encendió la pantalla. En ese momento, no podía aguantarse ni a ella misma.
—¡Maldito seas! —gruñó entre dientes y muy, pero que muy nerviosa.
Ya no le quedaba de otra que encontrarlo, a como diese lugar.
Se encaminó hacia el VIP, pero estaba a rebosar de personas. Así que volvió sobre sus pasos y, solo entonces, se dio cuenta de lo mucho que le temblaban las piernas. Ya no solo por la impaciencia, sino por el temor de pensar que se encontraba allí sola y perdida. De seguir así, en poco tiempo su mente podría colapsarse con facilidad. Por lo que, en un intento desesperado, se aproximó a la barra otra vez y se dirigió hacia el chico que lucía más decente.
—Perdona, ¿Me puedes dejar tu móvil para llamar a una persona? Es que el mío ha muerto.
El chico de pelo castaño se giró a ella con un aire de desconfianza, con ojos marrones entrecerrados y examinándola tanto a ella como al iPhone que descansaba en sus manos.
—Puedo preguntar al barman si no te fías, da igual.
—Está bien... —aceptó él de improvisto, con voz seria—. Pero llama aquí, ¿vale?
—Comprendo.
Aunque con esos temblores incesantes de anciana con el que agarró el aparato, no sabía cómo pretendía que tuviese voluntad para robar nada.
Ella le dio las gracias mientras se apartaba un poco para marcar el número en la gran pantalla del Xiaomi, solo que... claro, recordó que no se sabía el número de Lex de memoria.
—Enhorabuena, Candy. —Se dio palmaditas a la espalda a sí misma para celebrarlo.
Sin querer pasar la vergüenza del año, disimuló un poco e hizo ver que llamaba antes de devolverle el móvil a su dueño.
—No contesta, pero gracias de todos modos.
Él la siguió observando de forma neutral durante un par de segundos. Su rostro y su pose le daban una apariencia arisca y taciturna, a pesar de que su ropa le ayudaba a disminuir ese efecto.
—Okey —contestó simplemente.
Ella asintió y luego echó una ojeada al lugar.
Mientras hacía no mucho la gente bailando, riendo y hablando le transmitían motivación y confianza, en el momento actual los percibía como un resonante sonido en el oído que la abrumaba. Y cuando la música la hacía desear soltarse minutos atrás, en ese entonces solo la estaba empezando a marear. Con ese cambio brusco e inestable de emociones, muy pronto sus ojos se inundaron en lágrimas.
ESTÁS LEYENDO
Perfectamente equivocados
RomanceAtraídos como imanes, Candy y Lex se unirán para continuar siendo los mejores estudiantes del colegio sin renunciar a la libertad que el último año de bachillerato amenaza con arrebatarles. Ambos conocen parte de la crudeza que conlleva la perfecc...
