12. Lo inimaginable

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Abrió la manija de la puerta con las manos todavía temblorosas. Entró y se puso a caminar deprisa, con el único deseo de ir a acostarse en su cama para quitarse el malestar de encima.  

—Un momento, Candy.

Ella se agarró al puente de la escalera a la vez que fruncía los labios. Y con mucho cuidado, se giró hacia su padre; quien la observaba con atención desde el sofá.

—Rachel me informó que el miércoles trajiste a un amigo a casa.

—A-así es.

—Y que estuvo en tu habitación.

Se obligó permanecer impasible.

—Estaba enferma —se justificó, tratando de hablar con claridad—. Incluso dejamos la puerta abierta, solo fue para acabar un trabajo y ya está...

—Lo sé, tranquila. Conozco a mi hija —señaló Richard con certeza—. ¿Cómo se llama?

—¿Quién? 

—El chico.

—Ah, pues... —Sacudió la cabeza—. Lexian... Lewis.

Al acabar notó una punzada cosquilleante en el centro del pecho.

Hasta pronunciarlo la afectaba.

—¿Lewis? —Una chispa de curiosidad se encendió de repente en los ojos de Richard—. ¿Su padre no será el abogado de Lew Fair Alliance, por casualidad?

—No lo sé —reconoció ella—. Solo me dijo que tenía dos hermanas mellizas.

Su padre asintió con más esmero.

—He oído que Nathan también tiene dos hijas. Demasiadas coincidencias —soltó con incredibilidad—. ¿Es muy amigo tuyo?

—Lo necesario —masculló entre dientes.

—¡Estupendo! —exclamó Richard, ajeno la no-tan-feliz-cara de Candy—. Entonces podríamos organizar una comida para conocerlo, a él y a su familia.

Definitivamente se había vuelto loco.

—¿Qué? ¡¿Por qué?!

El suspiró ante su tono quejoso.

—Candy, el padre de ese chico es un profesional que goza de muy buena reputación.

—¿Y desde cuándo te importa a ti si puedes contar o no con la reputación de los parientes de mis amigos? —reclamó ella con autoridad.

—Desde que tienes a uno cuyo cierto "pariente" y yo podemos relacionarnos para asuntos de trabajo, hija —indicó con calma—. Es bueno conocer a alguien de confianza por aquí con quien tratar ciertos problemas o asuntos que necesite manejar en la empresa.

Y entonces las cejas de Candy se arquearon, con un asombro increíble. 

—En otras palabras, estás tratando de utilizarnos a su hijo y a mí para tu provecho —concluyó con repulsión.

—No me taches de interesado, Candy —la frenó—. Recuerda que paso prácticamente todo mi tiempo, y la mayor parte de mi vida en el trabajo. El círculo de amistades más cercano que puedo formar es con aquellos que se relacionan conmigo de una manera u otra en la empresa. Esta no es más que una oportunidad para conocer gente que pueda ser valiosa para mí en ambos aspectos, cariño.

Ella quiso intervenir, pero él no la dejó.

—Además, eres tú la que debería preocuparse por hacer buenos lazos desde el colegio en donde estás, ya que todavía no has empezado a desarrollarte laboralmente hablando —le recordó—. Y ante un futuro incierto... vale la pena.

Perfectamente equivocadosHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora