42. Desarrollando competencias

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Que un padre de familia normal, serio, maduro y no muy bromista apareciese con un traje de astronauta de un momento del día al otro sería un tanto chocante, ¿verdad?

Vale, pues el ver a su padre vestido de la manera en que estaba vestido le sentaba de una manera muy similar a Candy. Nunca en su vida, lo había visto tan informal... o algo por el estilo.

Ambos estaban en el mismo estado de shock, sin decir nada, motivo por el que Celest se vio obligada a intervenir.

—Como ves, lo he incentivado para que empiece a supervisar la obra en persona...— le informó a Candy, con el objetivo de que comprendiera mejor la situación.

Richard se recolocó el casco amarillo, que ya se le estaba cayendo a pesar del soporte trasero que en teoría debería sujetarlo a su cabeza. Eso demostraba que la talla era incorrecta. Su hija deslizó rápidamente la vista por el resto del atuendo; por el chaleco reflectante puesto sobre la camisa que todavía se notaba planchada y de buen material, y por los pantalones medio holgados que, igual que le servían para acentuar a formalidad en el día a día, con esa combinación sin duda producían el efecto contrario.

—Pero si él no necesita hacerlo... —murmuró una extrañada Candy.

Y eso fue lo que ayudó a su padre a reaccionar, muy indignado.

—Celest, por favor, es ridículo que luzca como un técnico cuando mi sitio está en...

—Recuerda que ya aclaramos esto antes —lo interrumpió la susodicha con un tono de advertencia—. Debes entender que la era digital ha convertido a la flexibilidad y dualidad en lo más valioso que hay en un trabajo.

—Sí, pero los roles en el proceso de construcción son distintos y están muy bien definidos —señaló Richard a modo de defensa.

—Lo sé, fanfarrón. —Celest negó con la cabeza por su terquedad—. Y también entiendo que tu sitio está en la empresa, pero... si quieres ser visto como buen jefe y conocer el objeto de tu negocio en verdad, debes estar ahí.

A pesar de su empeñado escepticismo, él no podía quitarle razón en ese punto.

—Como quieras —cedió finalmente—. Pero te advierto que esto no es algo que acostumbre a manejar.

Celest le restó importancia, pues ya se había dado por satisfecha con la victoria.

—Puede ser difícil, pero hay que intentarlo. —Formó una expresión comprensiva—. Sé que va a venirte bien al final.

En eso, Rachel sacó la cabeza por la entrada de la cocina y, al ver a Candy en el sofá de la sala, sonrió y fue en su búsqueda.

—Ya me había parecido escucharte, pequeña —dijo dirigiéndose a la adolescente—. ¿Quieres algo de merendar?

A Candy le sorprendía que se dirigiese a ella primero y no a Celest, pero entonces reparó en el plato de café sobre la mesita y las migajas de galletas que había en los bordes del mismo. Recordó que ella ya debía llevar un tiempo allí...

—Sí, por favor —contestó con ganas.

—¿Lo de siempre?

Ella dudó, pensando en que la comida en la casa de Lex ya había sido bastante pesada.

—Que sea una macedonia, mejor.

Rachel asintió y se volteó hacia Celest.

—¿Algo más que desee usted...?

—No, tranquila —contestó con amabilidad.

Y después de recibir un agradecimiento por parte de ambas, Rachel recogió la mesa mientras Celest y Richard retomaban su conversación. Candy aprovechó el momento para escabullirse a la cocina, esperó a que Rachel acabara de prepararle el tazón con la fruta y fue deborándoselo durante la subida hacia su cuarto. Una vez allí dejó el plato vacío en el escritorio y fue a darse una ducha rápida. Más tarde, bajó renovada y cambiada solo para ver si Celest seguía allí. En efecto, al llegar a la sala la encontró sola, bebiéndose una taza de té, y además la pilló observándola al primer vistazo. 

Perfectamente equivocadosHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora