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Después de un momento, Robert entró en la sala

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Después de un momento, Robert entró en la sala. —¡Eric! ¿Qué haces aquí? Hace semanas que no te veo.

—El trabajo, ya sabes —comentó con un suspiro y Ada observó que, a diferencia de cómo había hecho con Nolan, no se levantó del sofá para abrazarlo—. No es que tú te esfuerces mucho por ponerte en contacto tampoco, ¿eh, Robbie?

El príncipe asintió en coincidencia. —Sí, lo sé. Tienes razón —comentó inclinándose hacia la mesa para tomar un bocadillo.

—¡Hey! —Se quejó Nolan arrugando la frente—. Creí que no tenías hambre. No te comas mi comida.

—En realidad esa comida era de Ada y mía —protestó Eric.

Rob hizo una mueca, pero cuando sus ojos se centraron en la rubia, volvió a sonreír. —Buenos días, Adelaine.

—Buenos días, Robert —musitó ella, repentinamente nerviosa, recordando su vergonzoso encuentro dos noches atrás.

Pero por fortuna, él no parecía interesado en recordarlo. Se sentó en el único sofá que quedaba desocupado alrededor de la mesa y se acomodó bajo la atenta mirada de Eric.

Nolan, por su parte, parecía más interesado en acabarse el contenido del plato. Ada se apiadó de él y le ofreció su taza de té con temor a que se atragantara.

Volvió a concentrarse en los demás, y vio que Eric estaba repitiendo la misma historia de cómo había llegado con Lexi para luego ser abandonado y volvió a mencionarla como su salvadora. Rob atisbó hacia ella, pero no hizo ningún comentario al respecto.

Eric se giró hacia Adelaine y volvió a hablarle directamente pasando de los demás. —¿En qué estábamos antes que nos interrumpieran? —Preguntó con picardía.

—¿Entonces interrumpimos algo? —Replicó Rob al instante.

—No —dijo Ada.

Pero al mismo tiempo, Eric exclamó un: —¡Diablos sí!

Nolan dio un respingo ante el aumento en el volumen de voz de Eric, pero después de dirigirle una mirada ceñuda, volvió a ignorarlos, haciéndoles ver que no estaba prestando atención a nada de lo que los tres estaban diciendo.

Robert amenazó con ponerse de pie. —Muy bien, me disculpo. No tenía ni idea. Los dejo solos de nuevo.

Entonces Ada, más veloz que él y aprovechando la oportunidad, se levantó de un salto. —No, quédate, por favor. Yo tengo que marcharme de todas formas, seguro que las niñas ya se han despertado.

Eric también se paró. —¡No! ¿Te vas? Pero...

—Quedas en manos mucho mejores que las mías —le dijo con una sonrisa, apelando a la mentira que el mismo Eric había contado—. Fue un placer volver a verte.

—Deberíamos cenar juntos alguna vez, ya sabes, para conocernos mejor y evaluar si podemos ser amigos. ¿Qué dices?

—Claro —contestó ella pero ya estaba retrocediendo.

Mentiras reales (Descontrol en la realeza 5)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora