Robert Van Helmont es uno de los solteros más codiciados de Sourmun, pero el joven príncipe y heredero no muestra señales de interés por ninguna joven en particular. Todos saben por qué, desde que perdió a su novia y mejor amiga, Rob no ha vuelto a...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Robert se levantó de un humor excepcionalmente bueno. La noche anterior había pasado tres horas mirando IT, —una película de terror viejísima a la que no le había prestado nada de atención, porque con Ada a su lado era imposible concentrarse en otra cosa—, y luego otra hora más besándola y acariciándola plenamente en el mismo sofá que habían ocupado para la película.
Al final, era poco lo que había descansado durante la noche, pero esas horas había dormido como un bebé.
Cuando llegó a desayunar y se encontró con la noticia de que Adelaine y Lucy ya se habían marchado con el imbécil de Walden, su humor decayó, pero solo apenas. Confiaba en Ada y aunque estaba convencido de que las intenciones de Bryer no eran nada buenas, sabía que ella era capaz de mantenerlo a raya.
Geraldine llegó al comedor casi detrás de él. —Buenos días, Robbie —lo saludó y le dio un abrazo.
Rob alzó las cejas. —Wow, alguien está alegre esta mañana.
Ella sonrió complacida. —¿Qué puedo decir? Tuve una buena noche —murmuró.
Yo también, quiso agregar, pero fue lo suficientemente inteligente como para contenerse. De lo contrario, no se habría librado de su hermana en la próxima hora.
—Ya veo, me alegro por ti —respondió en cambio—. Bueno, parece que te toca desayunar sola, Dina. Todos se han marchado o nadie se ha levantado aún.
Ella se colocó las manos en la cadera y lo miró con el ceño fruncido. —¿Y tú, no acabas de llegar?
—Sí, pero no tengo hambre. Voy a correr hasta el cementerio, tal vez cuando regrese tenga apetito —comentó a la pasada besándola en la mejilla—. ¿Te veo en el almuerzo?
Ella ignoró su pregunta. —¿Por qué has venido hasta aquí entonces? ¿Estás bien, Rob?
—Bien, más que bien —dijo con una sonrisa—. Hasta luego, hermanita.
Huyó de ella antes de que siguiera interrogándolo, Geraldine era peligrosa para él cuando tenía algo que ocultar. Lo conocía tan bien que terminaba sacándole la verdad sin que se diera cuenta y él todavía no estaba listo para compartir su secreto con nadie.
Ya vestido con su ropa de ejercicio, pasó por el jardín de su madre, cortó un solitario jazmín y salió del palacio. Empezó a trotar sin detenerse hasta llegar al cementerio. Allí, se puso de rodillas y dejó la flor en el lugar de siempre.
Nunca nadie podría comprender la calma que le transmitía estar allí. Nina era parte de su vida —lo había sido desde que tenía memoria—, y aunque ya no estuviese presente, él tenía esa necesidad imperiosa de sentirse cerca de ella de alguna forma, de hablarle y contarle sus inquietudes por muy demente que eso lo hiciera ver.
Estaba siguiendo el consejo de Ada, intentaba encontrar otra forma de sentirla cerca sin ir a ese lugar, pero seguía sin conseguirlo. Lo único que había logrado era ir menos días a la semana y no sentirse culpable por ello, cosa que era completamente mérito de Adelaine y la paz que lograba infundirle cada vez que estaban juntos.