Robert Van Helmont es uno de los solteros más codiciados de Sourmun, pero el joven príncipe y heredero no muestra señales de interés por ninguna joven en particular. Todos saben por qué, desde que perdió a su novia y mejor amiga, Rob no ha vuelto a...
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Cuando llegó hasta Adelaine, la tomó por el brazo y la hizo girarse hacia él. —Ada, espera —le pidió y la pegó a su cuerpo para besarla en el medio del pasillo sin importarle si alguien los veía.
La rubia respondió a su beso y lo rodeó con sus brazos, pero enseguida pareció recuperar la consciencia y se detuvo empujándolo —muy suavemente, como si lo hiciera en contra de su voluntad— hacia atrás.
—Estamos en el medio del pasillo —murmuró mirando a todos lados.
—No me importa —declaró—. Charlotte por muy víbora que sea, tiene razón. No estamos haciendo nada malo, ¿por qué vamos a mantenerlo como un secreto sucio? ¡Contémoselos a todos!
Vio que a Ada le temblaba la barbilla. —No lo sé, Robert. Sé que no es nada malo, pero tengo miedo. Tú eres... tú. Y yo...
—Eres la mujer más hermosa y más inteligente que conozco. ¿Temes a lo que pueda decir mi madre o mi padre? Te adoran.
La rubia bajó la cabeza y se cubrió los ojos con ambas manos. —¡No lo entiendes! Me temo a mí misma, Robert —compuso—. Le tengo miedo a mis propios sentimientos. Tengo miedo a convertirme en mi madre.
El príncipe arrugó la frente, confuso por su confesión. Vio que la pequeña salita celeste frente a ellos estaba desocupada y tomó la mano de Adelaine para llevarla con él hasta allí.
—Ven —le dijo—. Vamos a sentarnos un momento.
Ada obedeció con un suspiro y se sentaron juntos en uno de los sillones que había en la habitación.
Robert no le soltó la mano y se la llevó a los labios al verla tan triste. —¿Quieres explicarme a qué le temes? ¿Qué le ocurrió a tu madre? —Preguntó con delicadeza.
Adelaine le dedicó una mirada apagada. —Mi madre era la mujer a la que más quería en el mundo y para mí era perfecta excepto por una cosa. Tenía un defecto que no podía perdonarle, porque de una forma u otra, siempre terminaba afectándome a mí, a Lucy e incluso a Mina aunque no llegó a conocerla.
—¿Qué era eso?
—Mamá creía que no podía vivir sin estar enamorada —musitó mirando un punto fijo delante de ella—. Y el problema era que en su desesperación por encontrar alguien a quien amar, siempre hallaba al hombre equivocado. Era como una secuencia que no dejaba de repetirse una y otra vez. Se enamoraba, casi se olvidaba de sus hijas porque le dedicaba todos sus pensamientos y su corazón a ese hombre, el dichoso novio la usaba, se aburría de ella y la abandonaba. Entonces mi madre se hundía en la depresión, descuidaba su trabajo, y yo no solo tenía que cuidar de Lucy, descuidar mis cosas y suplirla en sus trabajos, sino que también hacía todo para alegrarla, para hacerle ver que no lo necesitaba.
Rob le acarició el cabello. —Lo siento, Ada. No lo sabía, no imaginaba que había sido así.
Ella pareció no escucharlo. —Entonces, mamá me escuchaba, pero nunca comprendía lo que quería decirle. Yo quería que supiera que podía amarnos a nosotras, que nuestra familia estaba completa y era hermosa así como estaba. Lo que ella entendía era que tenía que encontrar otro hombre que la amara. Y la historia empezaba una vez más.