Robert Van Helmont es uno de los solteros más codiciados de Sourmun, pero el joven príncipe y heredero no muestra señales de interés por ninguna joven en particular. Todos saben por qué, desde que perdió a su novia y mejor amiga, Rob no ha vuelto a...
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El rey y la reina mantuvieron una conversación mediante videollamada con Adelaine para tranquilizarla con respecto a la situación de Valantes esa misma noche, pero quizás porque estaba sobrepasada por todo, Ada no logró sentirse mejor.
Robert, aunque había prometido no comunicarse en todo ese tiempo, también la llamó justo cuando se había metido en la cama dispuesta a intentar conciliar el sueño.
—Hola —habló el príncipe en cuanto ella contestó—. Ada, siento mucho todo lo que ha pasado. Sé que no debería llamar, pero...
—Me alegra oír tu voz —lo cortó la joven poniéndose más cómoda en la cama.
—¿Quieres que regrese? Puedo salir esta misma noche, estaré allí por la mañana.
Ada suspiró. —Quiero decir que sí, te lo juro, pero lo correcto es que decline. Yo también tengo que aprender a enfrentar estas cosas por mi cuenta. Además, no estoy sola.
—No, no lo estás —murmuró él y luego los dos hicieron silencio por un momento—. Debería dejarte descansar, seguro estás agotada. No tengas miedo, Ada. Todo saldrá bien.
—Lo sé —mintió ella.
—Créelo —le respondió el príncipe y Ada pudo ver la sonrisa en su rostro con solo escuchar su voz—. Todo estará bien.
—Lo intentaré, ¿tú cómo estás? —Preguntó sin querer despedirse aún.
—Extrañándote —soltó Rob con una exhalación—. Mientras bajaba del avión solo pensaba en volver a subirme y regresar a casa.
Adelaine cerró los ojos. ¡Regresa! Quiso decirle pero se contuvo y no dijo nada.
Robert volvió a hablar. —No importa en lo que hayamos quedado, llámame si me necesitas. Pídeme que regrese a casa si lo deseas.
—Esto no tiene nada que ver con lo que deseamos —murmuró ella con tristeza y volvieron a hacer una pausa silenciosa—. Gracias por llamarme, Robert.
—Que descanses, te quiero, Ada.
—Yo a ti —musitó la rubia y se quedó un momento más pegada al teléfono y finalmente juntó la fuerza necesaria para cortar la llamada.
Esa noche y con la rosa debajo de su almohada, Ada terminó durmiendo plácidamente a pesar de que ella misma era un cúmulo de emociones descontroladas. El martes por la mañana se despertó de mejor humor y algo más tranquila, con la idea fija de mantener una conversación con Lucy acerca de ese tema particular que la niña había tocado la noche anterior.
Pero cuando miró el reloj, pudo ver que ya era demasiado tarde para esa tarea. Había pasado más de la mitad de la mañana y su hermana tenía que estar en el colegio.
Todavía en la cama, Ada miró el techo mientras colocaba las dos manos sobre su abdomen y pensaba en lo afortunada que era por poder quedarse un rato más en la cama. ¿Cuándo habría podido permitirse ese lujo en su anterior vida? ¿Su madre podría haberlo hecho alguna vez en su vida? No, probablemente nunca.