Robert Van Helmont es uno de los solteros más codiciados de Sourmun, pero el joven príncipe y heredero no muestra señales de interés por ninguna joven en particular. Todos saben por qué, desde que perdió a su novia y mejor amiga, Rob no ha vuelto a...
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La ceremonia aunque larga, fue muy emotiva. Ada se sintió muy melancólica. Estaba feliz por Charlotte y las expresiones de Brianna y Alioth le llegaron hasta lo más profundo del corazón, pero en su interior había una tristeza tan grande que en lugar de disolverse en un momento como ese, solo se acentuaba.
Al final, los novios hicieron su camino por el pasillo en dirección a la puerta principal con la pequeña corte detrás de ellos. Todos se veían más relajados, y aunque seguían teniendo que respetar el protocolo, ya no parecían existir nervios contra los que luchar.
Charlotte y Max hablaban entre sí, más concentrados en ellos mismos que en quienes los rodeaban. Los niños de la corte los seguían comportándose con menos formalidad que cuando habían hecho su entrada y por detrás de ellos, Alioth y Brianna tomados de la mano y asintiendo hacia sus conocidos.
A los reyes los seguían Arlet y Jaques, que en contraposición a los primeros, caminaban tomados del brazo, pero sin hablar entre ellos ni mirar a los demás.
Ada los habría imitado con todo gusto, tomar a Robert del brazo y mirar al frente parecía un plan aceptable, pero él no se mostró de acuerdo con ellos desde que se pusieron de pie para dar por terminada la ceremonia. La había tomado de la mano y luego, cuando comenzaron a moverse detrás de la reina viuda y su esposo, había actuado como si no hubiese nadie más interesante a quien mirar que a ella.
—Nunca lo había pensado, pero este es el lugar en el que quiero casarme —había dicho—. Y quiero hacerlo como Max, pararme de frente a la puerta y ver a mi futura esposa recorrer este pasillo tan largo para ser capaz de apreciar cada detalle de ella mientras se acerca a mí.
Al principio Adelaine lo había mirado con sorpresa y hasta algo de confusión puesto que sus palabras la habían agarrado del todo desprevenida. Luego, la había inundado una rabia tan grande que le dieron ganas de golpearlo. Por fortuna, sus impulsos quedaron bajo control y sus palabras atascadas en la garganta al volver a la realidad, recordando así que le habían advertido que los medios de comunicación contaban con expertos lectores de labios para descifrar todas sus conversaciones.
Ese día Robert no estaba actuando para engañarla a ella, sino para engañar al resto del mundo. Con un nudo en la garganta quiso preguntarle porqué era tan cruel. Esas palabras podían ser bonitas para los demás, pero a ella le rompían el corazón en mil pedazos más, eran un constante recuerdo de que todo el amor que le tenía y que creía que recibía de regreso no era más que una muy bien articulada mentira.
La sonrisa que había forzado en su rostro para dar una buena imagen mientras salían de la catedral terminó por borrarse. Le fue imposible sostenerla. Los ojos estaban a punto de llenársele de lágrimas y no había forma de ocultarlas.
Inhaló profundamente y soltó el aire tan lento como pudo. Necesitaba que los que iban delante de ellos se dieran prisa para que todo ese teatro se acabase pronto, pero sus deseos no iban a cumplirse muy pronto.