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Robert preparó el té para ambos y sirvió un par de bocadillos dulces frente al televisor

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Robert preparó el té para ambos y sirvió un par de bocadillos dulces frente al televisor.

—Gracias —dijo Ada desde el sofá cuando le entregó la taza y él no pudo resistir el impulso de inclinarse para darle un beso en los labios. Fue suave esta vez, la había besado tanto durante la última hora que ya podían apreciarse hinchados.

Se ubicó a su lado sin dejar de contemplarla, todavía tenía el temor de que no fuese real, que solo fuese un sueño más producto de sus deseos reprimidos.

La rubia le sonrió ladeando la cabeza luego de probar el té. —¿Por qué me miras así? ¿Es que sigues sin creer que esté aquí?

—Un poco sí —reconoció él y le tocó la punta de la nariz con el dedo índice—. ¿Te he dicho lo hermosa que estás?

Adelaine alzó las comisuras de los labios. —Gracias, debe ser porque me siento feliz.

—Tú siempre estás bellísima. Pero mamá tiene razón, has perdido peso.

Ella hizo una mueca. —Puede ser, casi no he tenido tiempo para comer en las últimas dos semanas. Ni tiempo ni ganas, la verdad. Por fortuna los exámenes ya pasaron y por el siguiente mes estaré algo más tranquila antes de tener que estresarme de nuevo.

—Aunque no han sido solo los exámenes, ¿cierto? —Tanteó Rob y colocó una mano en su rodilla.

—No, pero no ha sido todo malo en estos últimos días —compuso la rubia negando con la cabeza—. ¿Sabías que Geraldine y yo somos... amigas? Hablamos y nos arreglamos, por decirlo de alguna forma.

Rob asintió. —Lo sé, me lo dijo. Estaba muy feliz. Me alegra que hayas podido perdonarla, Dina es complicada, pero tiene un corazón muy noble. Por cierto, ¿cómo fue que lograron hablar? Ella no me lo quiso contar y no entiendo por qué.

Viendo el cambio en su expresión en cuanto hizo la pregunta, Robert supo que tampoco lograría sonsacarle una respuesta a Adelaine, lo que despertó su interés aún más. Había intuido que Geraldine no quería contarle nada porque no deseaba compartir algo íntimo de Ada o algo por el estilo, pero ahora ya no estaba tan seguro y terminó por preocuparse.

—Bueno... —balbuceó la joven desviando la vista—. Si ella no te lo dijo, yo tampoco puedo hacerlo. No me corresponde.

—¿Por qué no?

—Porque no me corresponde, no es mi secreto para contarlo —repitió Adelaine con decisión y tomó un bocadillo de la mesa—. Pero no empieces a imaginarte los peores escenarios, no es nada malo. Te enterarás cuando sea el momento adecuado.

El príncipe la contempló con perspicacia y ella intentó desentenderse del asunto al llevarle la galleta a la boca. Pero si a Ada no le preocupaba, no tenía razón para hacerse mayor problema.

Sonrió quitándose ese peso de encima, dejando ir el temor que le producía no tener esa información. Si Adelaine decía que no tenía que preocuparse, tenía que aceptarlo y dejar de darle vueltas. No era fácil, pero era un ejercicio de confianza que tenía que poner en práctica en cada oportunidad que se le presentaba.

Mentiras reales (Descontrol en la realeza 5)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora