Robert Van Helmont es uno de los solteros más codiciados de Sourmun, pero el joven príncipe y heredero no muestra señales de interés por ninguna joven en particular. Todos saben por qué, desde que perdió a su novia y mejor amiga, Rob no ha vuelto a...
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De cuclillas, Robert miró a la rubia con el ceño fruncido y se inclinó hacia ella mientras le hablaba. —Adelaine, ¿estás bien? ¿Qué haces aquí?
Ada sonrió, como atontada. —Hey —dijo ladeando la cabeza, pero no respondió su pregunta y en lugar de eso, siguió contemplándolo con una expresión extraña.
—¿Qué haces aquí en medio de la noche, Adelaine? —Volvió a preguntarle con suavidad y colocó una mano en su brazo.
El príncipe soltó una risita y al darse cuenta que no era nada grave, se relajó y se sentó a su lado en el escalón. —Soy muy real, Adelaine. ¿Por qué crees que estás alucinando?
—He probado los tragos de Carol y no me han caído nada bien —compuso llevándose una mano a la cabeza—. Apenas los he probado, pero me han sentado fatal.
Rob siguió contemplándola con diversión. —Ah, los tragos de Caroline tienen ese efecto. ¿Cuántos has probado?
—No lo sé, algunos —comentó Ada haciendo una mueca, avergonzada—. Yo no bebo alcohol, pero insistieron y no pude decirles que no. Se veían muy bonitos e inofensivos. He sido una tonta y una irresponsable, ¿no? Dilo, sé que lo estás pensando.
Él alzó las manos en el aire. —¡Hey! Yo no he dicho nada de eso. Está bien que te diviertas un rato, Adelaine. Nadie va a juzgarte por eso, mucho menos en esta familia.
—Bueno, yo me juzgo a mí misma —protestó la joven—. Soy la hermana mayor, es mí deber ser responsable.
Rob posó una mano en la parte alta de su espalda y le dio unos golpecitos suaves. —Seguro que puedes ser responsable y divertirte al mismo tiempo. No quieres volverte como yo, ¿no?
Ada se inclinó hacia él con los ojos abiertos de par en par. —¿Acabas de hacer una broma? ¿Sobre ti mismo? Ahora sí estoy segura que estoy alucinando—Inquirió en voz baja. Robert imaginó que esa reacción tan tierna y tan honesta tenía que ser producto del alcohol que le nublaba la mente y la desinhibía, porque si había algo que había aprendido sobre ella, era que medía cada una de las palabras que salían de su boca.
—Aún no me has dicho por qué estás aquí sentada. En la escalera, sola y en la oscuridad.
Adelaine soltó un suspiro lastimero. —Quería bajar pero todo empezó a moverse, tenía miedo a caer rodando por la escalera.
Rob contuvo una risa. —¿Los ves? Esa es una de las razones por la que deberías tener tu celular siempre contigo. Para emergencias como estas.
—Tu definición de emergencia dista mucho de la mía —murmuró ella volviendo a apoyar la cabeza en el barandal.
El príncipe la contempló por un momento, estaba a punto de quedarse dormida y se veía hermosa con los ojos cerrados y el cabello caído a un lado, dejando todo su rostro despejado. Sacudió la cabeza como si así pudiera eliminar esos ridículos pensamientos de su mente y decidió que era hora de empezar a moverse.