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Al final, para molestia de Robert, Ada sí se marchó con Arlet a la hora del almuerzo

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Al final, para molestia de Robert, Ada sí se marchó con Arlet a la hora del almuerzo. Mientras desayunaban todos juntos en la mesa, la reina viuda la invitó a ella y a sus otros nietos a visitar una de las casas del duque por la tarde.

Adelaine no dudó en aceptar y le dio una mirada victoriosa a Robert para demostrarle que al final, su mentira se había vuelto realidad. El príncipe no se vio para nada complacido.

Pero dado que Brianna se llevaría a Lucy a la casa de Anabelle y todos los demás ya tenían planes para ese día, solo ella y Callum aceptaron unírseles, aunque este último aceptó quedarse hasta poco más del mediodía dado que tenía que ir al hospital a cumplir con su turno.

Rob, por supuesto, ni siquiera contestó a la invitación y según pareció, Arlet tampoco esperaba que lo hiciera a pesar de que su pregunta exacta fue: —¿A cuál de mis nietos le gustaría acompañarme? —Abarcando a todos los presentes con su mirada, incluida ella misma, lo que la había hecho sentir muy feliz, más parte de la familia que nunca.

Ahora, sentados los tres —Callum, Arlet y ella—, en un bonito salón de la mansión campestre de Jaques, Ada miró el café que una empleada acababa de servirle. De dónde había salido la servidumbre en una casa que había estado cerrada por tanto tiempo, no tenía idea.

—Me alegra mucho que hayas venido con nosotras, Callum —comentó Arlet mirando al rubio que se había puesto cómodo en el mismo sofá de dos plazas en el que se había sentado Adelaine—. Tengo una inquietud y tú eres la persona idónea para comentarla. En el palacio parece que nadie le da la importancia suficiente.

Cal arrugó la frente. —¿Cuál es esa inquietud, Arlet?

—Brianna. No la veo nada bien por mucho que trate de ocultarlo. Hace unos días se sintió mareada, tanto, que tuvo que sentarse. A pesar de que estoy tomando todos los compromisos que puedo por ella, que descansa mucho más de lo que acostumbra, la veo muy cansada, a veces incluso hasta inestable.

—Esta mañana le dolía la cabeza —agregó Ada sintiendo una nudo en el estómago—. ¿Crees que tenga algo malo? Yo tampoco la he visto demasiado bien desde que regresó del viaje.

Arlet presionó los labios juntos formando una fina línea. —No lo sé, querida. Mucho me gustaría que mis dudas fueran infundadas.

—Sé de lo que hablan, estoy intentando convencerla de que vea a un médico nuevo. Le he recomendado uno de los jefes de servicio de mi hospital, pero no quiere saber nada, es incapaz de asumir que algo no anda bien. Le hice prometerme que si vuelve a perder la consciencia, iremos a verlo.

La reina arrugó la frente. —Suena como una buena estrategia —dijo—, ¿pero por qué no te noto del todo convencido?

Él esbozó una sonrisa torcida. —Porque, como usted, no quiero ser alarmista y deseo de todo corazón que mis sospechas sean infundadas, que mi gran miedo sea solo porque la idea de perder otra madre me aterra, pero temo que la próxima vez que se desvanezca sea demasiado tarde.

Mentiras reales (Descontrol en la realeza 5)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora