Robert Van Helmont es uno de los solteros más codiciados de Sourmun, pero el joven príncipe y heredero no muestra señales de interés por ninguna joven en particular. Todos saben por qué, desde que perdió a su novia y mejor amiga, Rob no ha vuelto a...
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Ada pensó en bajar hasta la cocina por el vaso de agua, pero cuando estaba caminando por el pasillo recordó que en el cuarto de Mina había un pequeño refrigerador y siempre tenían botellas de agua disponibles para preparar sus biberones.
Así que entró a la habitación muy despacio, con cuidado de no hacer ruido para no alertar a la niñera que ya se había quedado dormida.
No le llevó mucho tiempo tomar una pequeña botella de agua y volver a su habitación, calculó que habrían sido cuestión de tres o cuatro minutos, pero cuando entró y cerró la puerta notó desde lejos que Robert se había acomodado en su cama en posición de dormir.
Arrugando la frente, se acercó temiendo lo peor y al verlo con los ojos cerrados soltó un suspiro.
Le tocó un brazo y lo llamó. —Dime que no te has quedado dormido, Robert —dijo y lo sacudió sin obtener respuesta—. Vamos, despierta.
El príncipe no dio señales de vida y Adelaine no tardó en aceptar que no habría forma de despertarlo. En el estado en que había llegado y con todo lo que había bebido, dormiría como un bebé toda la noche.
—Eres mi dolor de cabeza personal, ¿No, Robert?
A diferencia de él, Ada tenía que madrugar al día siguiente y no podía perder más tiempo preciado de sueño. Así que aprovecho que la cama era grande y la rodeo para subirse del otro lado.
Se acostó, y una vez allí lo contempló pensando en qué hacer. Estaba vestido, y con todo el alcohol circulándole en la sangre dudaba que tuviera frío. Aun así, y solo por las dudas, tomó una de las mantas y las subió para cubrirlo.
Se tapó ella también y cerró los ojos pensando que le costaría mucho conciliar el sueño con esa compañía y después de todo lo que habían hablado, pero el cansancio era tan grande que no le llevó más de un momento quedarse dormida por completo.
De lo siguiente que tuvo consciencia fue el sonido de su despertador. Estiró una mano para apagarlo, y permaneció unos segundos más con los ojos cerrados y muy quieta en la cama.
Bostezó y recién entonces recordó que no estaba sola. Eso fue suficiente para despertarla y sentarse a la velocidad de un rayo.
Miro a quien se encontraba a su lado, descubriendo que se había colocado en una posición más cómoda y todavía dormía plácidamente.
Pensó qué hacer. Ella tenía que irse y no podía dejarlo allí porque todas las mañanas cuando ella no estaba, un miembro del servicio entraba a limpiar su habitación.
Así que lamentándolo mucho por él, decidió que no había más opciones que obligarlo a marcharse.
—Robert —lo llamó sacudiéndolo con fuerza—. Vamos, despierta. Arriba, es hora de levantarse.