Robert Van Helmont es uno de los solteros más codiciados de Sourmun, pero el joven príncipe y heredero no muestra señales de interés por ninguna joven en particular. Todos saben por qué, desde que perdió a su novia y mejor amiga, Rob no ha vuelto a...
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—¡Señorita West! —exclamó el chofer con los ojos desorbitados cuando ella intentó abrir la puerta con el auto en marcha. Rápidamente se hizo hacia una orilla y se detuvo. Adelaine ignoró los bocinazos de los coches que venían detrás y salió disparada hacia la vereda donde vació su estómago sin ser capaz de retener nada por más tiempo.
Oyó unas voces a lo lejos, pero se sentía demasiado mareada y aturdida como para identificarlas. Un momento después, alguien se colocó junto a ella y la tomó por los hombros provocando que se sobresaltara. —Señorita West, tranquila. Soy Justin. Tenga —le extendió un pañuelo blanco y ella se limpió la boca antes de alzar la cabeza.
—Alguien... Alguien puso eso en mi mochila —jadeó cerrando los ojos porque todo le daba vueltas—. No me siento bien, Justin. Quiero ir a casa.
—La llevaremos de inmediato, venga con nosotros en el otro coche. Tengo una botella de agua, seguro le sienta bien —dijo tomándola por ambos brazos para ayudarla a moverse.
Se dejó guiar y apoyó en él para seguir caminando porque estaba tan débil que casi no sentía las piernas. Justin la ubicó en el asiento trasero y se sentó a su lado mientras el otro guardaespaldas arrancaba el auto.
Bebió unos tragos de agua y se apoyó en el respaldar volviendo a cerrar los ojos.
—¿La has visto? Parecía... real —susurró girando la cabeza hacia él.
—Apenas lo he visto. No piense en eso, señorita West —musitó el muchacho desmereciendo el tema aunque fue obvio que estaba mintiendo, lo que hizo que Ada se sintiera peor, pues era una confirmación a sus dudas.
Se quedó en silencio y así permaneció el resto del camino. Respiró profundamente intentando tranquilizarse, pero la imagen de la cabeza cayendo en su regazo le venía una y otra vez a la mente, impidiendo que dejara de sentirse descompuesta y nerviosa.
—Señorita West —dijo Justin un rato más tarde cuando el coche estaba deteniéndose—. Hemos llegado.
Él se bajó primero y sostuvo la puerta abierta para ella. Al salir, todavía tambaleante, vio que no era Justin quien extendía las manos para ayudarla a bajar, sino el propio Alioth quien la abrazó apenas estuvo afuera.
—Oh, cariño —susurró acariciándole el cabello—. No puedo creer que se hayan atrevido a hacerte algo así.
Ada, que había creído que se refería al ataque de los paparazzi, alzó la cabeza cuando creyó entender que no se trataba solo de eso. —¿Ya te han contado de... de la...?
—Sí, cielo —respondió él con pesar y la rodeó con los brazos para caminar juntos hacia el interior del palacio—. Y también hemos visto con Brianna cómo te han atacado los medios esta mañana. No entiendo cómo se han enterado, fuimos muy discretos al inscribirte, tomamos todos los recaudos.