Robert Van Helmont es uno de los solteros más codiciados de Sourmun, pero el joven príncipe y heredero no muestra señales de interés por ninguna joven en particular. Todos saben por qué, desde que perdió a su novia y mejor amiga, Rob no ha vuelto a...
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Robert pasó toda la semana dedicándose de lleno a conquistar a Adelaine e intentar resarcirse por lo idiota que había sido al comienzo. El miércoles luego de sus clases la llevó a merendar a una elegante cafetería donde hacían sus muffins de chocolate favoritos, el jueves por la mañana la esperó en la puerta de su habitación con una rosa roja antes de desayunar y la llevó al instituto porque sabía que Arlet la tendría ocupada toda la tarde.
Finalmente, el viernes cuando Lucy salió del colegio fueron los cuatro, con Mina, a la casa de campo para quedarse allí hasta la hora de cenar. Encantada con la visita, Lisa se encargó de cuidar a las niñas y mimarlas, mientras ellos dos pasaron parte de la tarde recorriendo la propiedad, cosa que no habían hecho la última vez que habían estado allí, y por supuesto, Rob le robó todos los besos clandestinos que pudo.
Cuando estaba con ella se sentía diferente, se sentía... bien, feliz. Todos los sentimientos negativos quedaban de lado mientras la tenía cerca, en especial cuando estaban solos y podía dejar al resto del mundo a un lado. Podría decir que esos días habían sido maravillosos si no tenía en cuenta lo mal que se sentía cuando pensaba en Daphne y su voz triste cuando declinaba sus invitaciones para salir juntos. Solo había almorzado con ella un día, pero mientras estaban juntos, sentados en el restaurante favorito de la condesa, se la había pasado pensando en Adelaine y lo mucho que ella odiaría ese lugar tan pomposo, en que lo odiaría tanto como él.
Con Ada compartían muchas cosas, cosas que lo hacían sonreír, que lo dejaban creer que el futuro podía tener más luz, en cambio con Daph solo había oscuridad. No tenían mucho en común, solo que los dos estaban en la elite de la sociedad y que habían perdido a personas importantes en sus vidas de forma repentina, dejándolos destrozados.
Y si bien a Adelaine le había ocurrido algo similar, ella, a diferencia de Daphne y él, lo había sobrellevado de una forma admirable sin permitir que esa pérdida y ese dolor rigieran su vida, que opacaran su presente y su futuro.
Su familia también había notado el cambio en su humor y se lo habían hecho saber aunque ninguno comprendía la razón, algo que los tenía locamente intrigados.
El sábado por la mañana esperó a Adelaine en el pasillo, algo lejos de su puerta para disimular, porque era probable que a esa hora se cruzara con algún miembro de su familia que también salía en dirección al comedor para tomar su desayuno.
Quería quedar con Ada antes que alguien más se la robara, en especial su abuela que siempre estaba al acecho y ya le había ganado de mano en varias ocasiones los días anteriores. Además, Adelaine le había tomado mucho cariño y era incapaz de negarse cuando la mujer la invitaba. Lo único que lo consolaba de todo aquello, era que ella siempre volvía feliz y no tenía más que halagos para la reina viuda.
A pesar de todo, Rob era capaz de reconocer que Arlet no era una completa bruja con todo el mundo y sabía ser amable cuando consideraba a la persona que tenía enfrente como alguien digno de respeto. Nina había sido una de ellas y ahora Ada también, con justas razones.