29. La Fiesta Arabe 1

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Antes de que lean y pongan la canción a todo volumen quiero que sepan que ha sido una de las partes que mas disfruté escribir, espero también la disfrutes.

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La mansión de la fraternidad NX era una leyenda urbana en toda la ciudad. Aquella imponente estructura blanca de tres niveles, inspirada en el riguroso y simétrico estilo paladiano de la Casa Blanca, resultaba imposible de ignorar. Sin embargo, esa noche, su pulcritud arquitectónica había sido devorada por el exceso oriental. El majestuoso pórtico de altas columnas y frontón triangular se hallaba envuelto en densas cascadas de sedas y gasas vaporosas que caían desde los balcones del segundo piso; una sinfonía de telas en tonos fucsia, naranja encendido, violeta profundo y destellos dorados que ondeaban con la brisa nocturna.

Custodiando la entrada, como dos imponentes estatuas de bronce, se encontraban dos de los jugadores más corpulentos del equipo de fútbol de Kenzo. Llevaban la piel impregnada en aceite bronceador que relucía bajo las antorchas exteriores y vestían pantalones bombachos de satén aperlado, ajustados con delicadeza en los tobillos. Un grueso fajín de brocado dorado ceñía sus cinturas, mientras que un chaleco ridículamente corto dejaba al descubierto unos abdominales esculpidos. Coronados por fastuosos turbantes abombados, daban la estampa perfecta de ser los guardianes místicos salidos de una lámpara maravillosa encargados de recolectar las entradas.

Al cruzar el umbral de la imponente puerta de roble, la realidad universitaria de Connecticut se disolvía por completo. El gran salón y el comedor principal se habían transmutado en un vibrante y caótico set de caracterización. Una hilera interminable de tocadores con espejos camerino, bordeados de bombillas de luz cálida, cortaba la estancia. Detrás de cada uno, una estudiante armada con brochas y pinceles completaba la metamorfosis de los invitados.

A cada persona que ingresaba se le coronaba con el místico bindi en el entrecejo: para las mujeres, un brillante diamante de pegatina que refractaba la luz; para los hombres, un sobrio punto negro trazado con la yema del dedo. Nadie escapaba al misticismo de la mirada oriental; los ojos de todos los asistentes eran delineados con un trazo grueso y dramático de kohl negro. Aquellos que habían seguido la consigna de dejarse crecer la barba lucían con orgullo su vello facial, mientras que a los imberbes se les dibujaba o adhería una falsa con asombrosa maestría.

A los costados, grandes aparadores exhibían turbantes de intrincados cuadros rojos y blancos para los caballeros, velos traslúcidos de organza para las damas y montañas de bisutería dorada que tintineaban al menor movimiento. Hombres y mujeres se engalanaban con collares exagerados, brazaletes gruesos que subían por los antebrazos, anillos con piedras de fantasía y pendientes a presión. Pero el sello obligatorio de la noche pendía de nuestros tobillos: una tobillera repleta de cascabeles de bronce que, con cada paso, inundaba el ambiente con un tintineo rítmico y musical. Al bailar, el sonido colectivo prometía ser ensordecedor.

Para acceder al epicentro de la celebración, era necesario atravesar un largo pasillo convertido en un laberinto sensorial de tiras colgantes de seda en tonos rosa y magenta. Al final del túnel, el gran jardín trasero se abría como un oasis de cuento de hadas. En los laterales del recinto se habían erigido majestuosas carpas beduinas techadas con alfombras ricas en texturas, mesas bajas de madera labrada y cientos de cojines de terciopelo. Aunque la opulencia de las carpas invitaba al descanso, los pronósticos dictaban que permanecerían desiertas; la atención se concentraba en la descomunal pista de baile de cristal iluminada desde el subsuelo que dominaba el centro del jardín.

Al fondo, sobre un escenario flanqueado por palmeras decorativas, un DJ compartía espacio con un ensamble de músicos tradicionales, presumiblemente oriundos de Nueva Delhi. Aquellas misteriosas cajas decorativas que Cece y yo habíamos tenido acumuladas en el dormitorio por fin cobraban sentido en las alturas: guirnaldas kilométricas de farolillos de papel multicolor suspendidas entre los árboles infundían una luz vibrante, mística y festiva a la noche. En los rincones más apartados, se alzaban pequeños sets fotográficos adornados con antigüedades, tapices persas y esculturas doradas de camellos y elefantes a tamaño real, donde fotógrafos provistos de cámaras instantáneas inmortalizaban los recuerdos. En una esquina, el aroma a Henna fresca delataba a los artistas que tatuaban intrincados motivos florales en manos y pies; mientras que en la esquina opuesta, mi rincón predilecto, un carrito de cobre preparaba auténtico café turco sumergiendo las cafeteras en arena ardiente.

Todo lo que buscaba Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora