42
Junio, 1982
Lily creía que el tercer intento era la vencida. Después de la tercera vez ya nada salía de ahí, que era mejor dejarlo por paz mental. Sin embargo, esta vez quería creer que no importaba cuantas veces lo intentara, ella debía lograrlo. A ella no le importaba fallar ni una, dos o veinte veces. Una cosa era real: estaba dispuesta a seguir intentándolo.
Por eso mismo llevaba de nuevo un sobre en sus manos que contaba con sus papeles. Todo se veía de la misma forma como hace un año. Pero, algo había cambiado ese día.
Con una sonrisa brillante abrió la puerta de la biblioteca y solo dejó ver su rostro. Martín la vio. Se dieron una sonrisa de picardía y ella le lanzó un beso por el aire que el atrapo en sus manos y lo pego en su pecho.
—He de confesar que prefiero que me lo vengas a dar — dijo.
—¿Debería?
—No sé que sigues esperando.
Lily cerró sus ojos de forma tímida. Entró a la biblioteca caminando de forma tímida y coqueta. Sus caderas se mecían de lado a lado mientras ambos se reían. Los paletones de su falda se agitaban con sus movimientos, dejando ver sus piernas.
Estaban en su propio mundo. Era una burbuja que tenían y parecían felices en esos precisos instantes. Daban las sensaciones de que nada podía destruir su relación. Como si hubieran encontrado a la persona perfecta para pasar el resto de su vida.
Se habían encontrado entre tantos millones de personas y se habían elegido. Lo habían hecho sin dudarlo y se veían plenos con esa decisión.
Lily llegó hasta el mostrador y dejó su sobre a un lado. Se inclinó hacia enfrente y sostuvo su quijada con su mano. Martín le veía con una ceja levantada. Se estaban coqueteando descaradamente.
—Que yo no quiero un beso nada más. Lo lamento, pero no soy conformista — susurró.
Fingió verse las uñas y luego como si masticaba una bomba de mascar. Lily fingía ser de las chicas élite de Francia. Le dio una mirada coqueta a Martín y luego guiñó el ojo. Su risa se atascó cuando lo vio llevarse la mano al pecho y fingir derretirse en el asiento.
—Mira como me tienes— murmuró —¿Podrías darle la vuelta al mostrador?
La pregunta de Martín le hizo sonreír de medio lado. Lily avanzó pasando solo la punta de su dedo por el mostrador sin quitarle la vista de encima.
Ninguno de los dos sabía donde ella había tenido oculto ese lado coqueto y excitante. Ese lado tan atrevido que enloquecía todo en Martín. Un lado travieso que le gustaba salir solo frente a él.
Se detuvo frente a él. Esperó que sus manos la tocaran como siempre lo hacían. Podía sentir cómo las caricias de él quedaban grabadas cada vez que lo sentía sobre su piel. Se sabía de memoria cuál era la sensación que daban la punta de sus dedos en sus brazos o como su mano se aferraba a su trasero cuando usaba pantalones ajustados.
Sin embargo, las manos de él no la tocaron. Estuvo a segundos de explotar la tensión sexual que existía en su burbuja, pero el aire quedó a la mitad de sus pulmones y luego se esfumó por completo. Olvido su nombre, a lo que iba y sobre todo cómo respirar.
El alma de Lily tembló y su corazón se apretó. Sus mejillas se pintaron de un rojo fuego. Un golpe de calor la estaba tomando.
Su mirada lo siguió en cada movimiento. Lo vio dejar su libreta a un lado. Enderezarse y luego se levantó de donde estaba sentado hasta que sus rodillas encontraron el suelo.
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Calcomanie (Décalcomanie 1)
Romance¿Me creerías si te dijera que el hilo rojo no es lo único que destina a dos personas? En una localidad al sur de Francia. En la década de los ochenta, vive Lily Diallo una joven con el sueño frustrado de ser escritora. Todos los meses compra un nuev...
