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Enero, 1984

Las piernas de Lily se agitaban con insistencia. Estar en la banca de la estación del metro en la espera de Martín no le hacía ninguna ayuda en su paciencia. Y es que para ella había cosas que en un pasado se habían convertido en una bonita costumbre.

    En una rutina imposible de parar, eran momentos de su día que le sacaban una sonrisa y le permitían sentirse plena de nuevo a pesar de todo lo malo que le rodeaba o lo que un día lo hizo.

Había instantes de sus días en que al preciso momento de coger el teléfono cuando la llamada entraba todo parecía que cambiaba y por automático las cosas mejoraban. La sonrisa que se le dibujaba en su rostro al escucharlo al otro lado de la línea era imposible de esconder.

Para Lily eso había sido una costumbre. Lo había sido escucharlo hablar sobre cómo era la vida en París. Sobre las personas que lo rodeaban y los compañeros que tenía en clase, repitiendo una y otra vez lo mucho que la extrañaba. Lo extraño que se sentía sin tenerla a su lado y lo mucho que deseaba cada vez que veía una estrella que el tiempo pasara volando para volver a poderla tener en sus brazos.

Los meses habían comenzado a transcurrir desde la última vez que le dio un beso, que le dio un abrazo y que pudo aspirar el aroma a limpio que él siempre llevaba encima. La última vez que sus dedos se enredaron en su cabellera roja y la última vez que le vio a los ojos con sinceridad y amor. La última vez que lo sintió y la última vez que pudo aspirar el aroma que tenía la piel de él.

Junio, julio, agosto, septiembre, octubre, noviembre y diciembre. Para entonces el 83 había terminado y el 84 había dado inicio. La primera vez en que escuchó las doce campanadas del año nuevo con su oreja pegada a un teléfono desde la biblioteca.

La primera vez en que su mano cubrió su boca para que el contrario no la escuchará sollozar. Debía mantenerse leal a su promesa de amarlo libremente. De amarlo como ella quería ser amada, de la misma forma en que se ama a un gato. Debía mantenerse firme de que lo esperaría durante el tiempo que fuese necesario. De que estaba cada vez más cerca de verlo.

Sin embargo, en los libros siempre se dijo que las relaciones a distancia son las cosas más destructivas que existen. Ella pensó por momentos que su relación con Martín sería la excepción de la regla. Se aferraba a esa idea sin saber que para hacer dicha excepción a la regla el aferrarse debía ser mutuo y no unilateral.

Fue justamente eso lo que sucedió.

De ambos, solo ella se aferraba a esa idea. Se aferraba de que ellos no serían como los demás porque nunca lo habían sido. Desde el principio habían sido diferentes y estaba bien serlo. Por eso, se aferraba a esa idea. Lily se aferraba a la idea de que las cosas entre ellos serían diferentes, solo que su corazón no lo sentía de esa forma.

Y es que si algo se debe confesar es que al corazón no se le engaña. Un corazón enamorado siente lo bueno y lo malo de la persona de la que está enamorado. El corazón lo siente en cada latido y por eso se estruja a sí mismo para convencerse de no creer una verdad que ya sabe. Que se dice a sí mismo, pero que intenta ignorarlo.

Lo ignoraba porque ella quería convencerse de que todo sería diferente, pero desde el primer día en que la llamada no llegó tan puntual debió haberlo entendido. Desde el día en que un día se convirtieron en dos y luego cuatro, hasta que el número simbolizó una semana completa; ella debió haberlo entendido. Debió haber entendido de que ellos no serían la excepción de la regla.

Aun así, ella se aferraba a que ellos eran diferentes y que todo cambiaría ese día que lo vería. Su vista pasaba de un lugar a otro esperando a que él bajara con sus valijas. La llegada estaba programada para el mediodía y tan solo hacían falta cinco minutos, con la puntualidad tan característica que tenía el metro de Francia, el tren de Martín llegó al mediodía.

Calcomanie (Décalcomanie 1)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora