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Octubre, 1981

Se dice que el ser humano hace rutina algo luego de pasar lo mismo durante veintiún días. Los grandes estudios lo confirmaban, pero para que fuese una rutina se debía repetir una acción una y otra y otra vez hasta que fuese parte de la vida.

      Lily había pasado el último mes haciendo lo mismo. Todo septiembre había sido eso. Era casi como una rutina. Sus días se resumían en levantarse e ir a leer su libro a la biblioteca. No le gustaba no tener su propio ejemplar, pero confesaba no molestarle tener que ver a Martín todos los días.

      Al contrario, se sentía emocionante hacer eso todos los días. Aunque para muchos hacer lo mismo siempre fuese algo aburrido, en su caso no lo era en absoluto. Pasado de las horas de lectura ellos terminaban por salir a comer o escuchar algo de Camilo Sesto. Luego, ella regresaba a casa para esperar a que el día siguiente fuese lo mismo.

      Incluso los últimos días de septiembre se había encontrado escribiendo algunas cosas en papeles pequeños mientras estaba en la biblioteca. Lo hacía mientras lo veía porque quizá, muy al fondo de ella, había comenzado a memorizar como se miraba.

      Qué tan pronunciada se veía su barbilla o la forma en que sus gestos se marcaban cuando se concentraba en trazar de forma correcta alguna línea. Comenzaba a memorizar el color de sus ojos y como su cabello caía a los costados, su redonda nariz o el corazón que tenía sobre sus labios. Incluso, había memorizado el tono de su cabello bajo la luz del farol o la luz del sol.

      Uno de esos días llegó a escribir una página entera de Martín mientras Jamás de Camilo Sesto se escuchaba en toda la biblioteca y lo veía dibujar.

«Deseo que algún día mi calcomanie y décalcomanie puedan estar en paz y juntas como las tuyas lo están».

      Había escrito entre tantas palabras que llenaban esa hoja de papel. Otro día, yendo de regreso a casa, se detuvo a la mitad del camino con su bicicleta con una enorme sonrisa cuando la realidad la golpeó de la manera más hermosa.

      Cuando la realidad la detuvo y le hizo hablar.

      —Me gusta Martín — dijo en una confesión.

      Esa fue la verdad de ese atardecer.

      Era una confesión pura y natural que solo los árboles y el sol anaranjado del horizonte habían conseguido escuchar a finales de septiembre. Era un secreto que su corazón comenzaba a susurrar de forma constante y que bien sabía que entre más lo mantuviera en silencio, más fuerte se haría. 

Esa había sido la vida de Lily las últimas semanas y ese día no pintaba alguna diferencia. Lo único que parecía estar cambiando era que ellos parecían querer estar cada vez más juntos, al lado del otro.

      Entró a la biblioteca empujando la puerta. Se encontró a Martín con los pies sobre la vitrina mientras dibujaba y viéndola cuando entró haciendo sonar la campana sobre su cabeza. Caminó hasta la vitrina y dejó ver la sonrisa que tenía en su rostro.

      —Yo vengo por el libro — dijo.

      —¿Sí? ¿Qué me das por el libro?

      Martín preguntó viéndole. Algo entre ellos daba chispas.

      —¿Qué quieres de mí, Nicolás?

       Lily vio al contrario bajar los pies de la vitrina e inclinarse al frente, reposo sus codos sobre el vidrio y su mano sujeto su quijada para verla.

Calcomanie (Décalcomanie 1)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora