58

6 2 1
                                        

58

Diciembre, 1983

La música sonaba en el fondo del lugar donde estaba. Rascó sus brazos luego de sentir como se erizaban por algún escalofrío o algo sin especificar, giró la cabeza y mientras sus dedos tamborilean sus brazos que estaban reposados en su abdomen pudo ver como los copitos blancos iniciaban a cubrir la calle.

Sí, el invierno había llegado. Lo que significaba que habían pasado ya unos eternos meses desde que Martín se fue y aún seguía sintiendo el peso de su ausencia.

—¿Qué sucede con ese silencio, Lily?

Su mirada dejó de estar en la nieve que caía y que mucha de ella quedaba acumulada en las orillas del mostrador de la biblioteca y se detuvo en Oliver, quien estaba en el suelo con un enorme abrigo que le daba una sensación de lujo silencioso mientras tomaba un capuchino y dejaba que la espuma le pintara un bigote blanco que nunca tendría.

—Es solo que hace unos meses estaba sola y ahora estás tú. Se siente raro tener compañía — confesó encogiéndose de hombros.

Buscando restarle importancia que todo había cambiado tanto en tan poco tiempo, que aunque deseara y lo pidiera con todas las fuerzas de su corazón las cosas estaban destinadas a ya no ser lo mismo.

La banda Pink Floyd sonaba de fondo aquel día. Desde Oliver la música ahí en la biblioteca había tenido un ligero cambio para su gusto, con Martín siempre fueron baladas españolas que eran hermosas, pero aquel otro hombre tenía un gusto bastante diferente al de Martín. Camilo Sesto había sido parte de la conquista de Martín, había ayudado y parecía que ahora él formaba parte de su relación, pero Pink Floyd no tenía los mismos tintes.

—He venido a mejorar tu vida, ahora sales más y solo aviso que para navidad y acción de gracias a lo mejor nos vamos a comer y tomar un chocolate, ¿Te queda? Bueno, te quede o no, lo haremos. Sí, mi madre me acostumbro a que celebrar navidad entre personas hace que uno se sienta menos solitario y creo que todos merecemos vivir el espíritu navideño con las personas, después de todo, es su objetivo ¿no?

La mirada de ella dejó de estar sobre Oliver y terminó en el techo de la biblioteca, le dio una sonrisa y soltó un suspiro cuando lo escuchó hablar hasta por los codos. Cuando él dijo que hablaba demás nunca fue un engaño.

—Mejor limpia el bigote blanco que te llevas encima.

Oliver se pasó la lengua y se levantó de donde estaba, se acercó a Lily y se inclinó sobre el mostrador haciendo pequeña su mirada. Le vio levantar la ceja y ella automáticamente copio la acción.

—¿Qué sucede, Oliver?

—¿Chocolate, fresa, macarons, café o frambuesa? — preguntó.

—No me digas que irás por más postres, Oliver, te vas a morir del azúcar. Has pasado los últimos tres días comprando casi cinco postres.

Oliver dejó escapar un bufido al tiempo que le volteaba los ojos. Sus manos se agarraron del mostrador y se dejó ir hacia atrás de forma dramática sin soltarse.

—No te pregunte eso, Lily, solo debes contestar lo que pregunté.

Ella se cruzó de brazos luego de ver el gruñido que Oliver soltaba al momento de que no consiguiera la respuesta que estaba buscando. Lo vio soltarse y tomar un respiro, movió lento sus manos de arriba a abajo con nivel a su pecho, como si estuviera diciendo a sí mismo: «con calma, Oliver, con calma», porque de no ser así estaba seguro de que él ya habría sacado a Lily de la biblioteca.

Calcomanie (Décalcomanie 1)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora