37
Marzo, 1982
El sonido de la alarma hizo que Lily abriera de golpe sus ojos. Un gruñido escapó de su boca cuando la luz del día se coló por su ventana en el intento de abrir sus ojos y apagar el sonido molesto de esa cosa redonda.
Golpeó toda su mesita de noche hasta que consiguió apagar ese molesto sonido. Se giró para poder seguir durmiendo, pero dos golpes en la puerta de su habitación le hicieron abrirlos de nuevo.
—¿Quién? — murmuró, aún algo dormida.
Vio su puerta abrirse y la cabeza de su hermana se asomó por ella.
—Mamá dice que el desayuno está listo.
Un nuevo gruñido escapó de su boca. Sabía que ya no podría dormir ni un minuto más.
—Gracias, ahorita bajo.
Josephine cerró de nuevo su puerta. Lily restregó su rostro con pereza y luego se sentó en la cama. Un cuarto de hora más tarde ya estaba bajando para poder desayunar.
—Buenos días — dijo.
Solo su padre le respondió. Su madre ahora estaba más molesta que antes. Haberse desaparecido para año nuevo había sido la gota que había derramado el vaso. Todos los siguientes días fueron eternas peleas.
La señora Diallo aún se preguntaba en donde había pasado la noche su hija. Aun con su enojo, ella seguía sin tener respuestas. Solo había decidió no hablarle hasta que ella le dijera y Lily sabía muy bien que lo sucedido aquel día debía llevárselo con Martín y ella. Nadie más debía de saber que ese día ella le entregó lo más importante que ella tenía.
No se arrepentía de haberlo hecho. Aunque no es ninguna mentira que los días siguientes tuvo miedo de que Martín la dejase.
Las palabras de su madre se le repetían cada cierto tiempo. «Debes mantenerte pura e intacta. Los hombres solo quieren acostarse contigo y cuando lo consigan te dejarán. De esa forma ningún hombre te querrá como esposa».
Para Lily, en lo personal no le había creído demasiado a su madre. Porque le era un poco incómodo pensar que ella como mujer seguía permitiendo que los hombres tuvieran en sus manos decidir el valor de una mujer por su virginidad.
Le molestaba, pero le causaba ruido los primeros días después de su intimidad, en los que no pudo ver a Martín por viajes de la biblioteca. Por momentos se le pasó en la mente la inseguridad de que, hasta cierto punto, en una sociedad machista como en la que vivía aquello era verdadero.
Aun con eso, se dio cuenta de que confiar en él había sido correcto cuando regresó y las cosas entre ellos parecían mucho mejor que antes. Se daban miradas pícaras y algunas veces sentía la mano de Martín en su trasero, haciéndola sentir un poco nerviosa. Otras veces se ganaba besos fugaces o subidos de tonos, pero lo que confirmó que Martín era el correcto fue que le castigaron, más, él nunca le dejó.
Se levantó de la mesa al terminar de desayunar. Ese día tenía pensado salir con Martín a algún lugar y sobre todo llevarle la última parte del último libro escrito.
Se acercó al lavaplatos y comenzó a limpiar los propios. Estos últimos días ella había tenido que hacer la limpieza por castigo. Cosa que le molestaba, pero a su vez no. Para Lily lavar los platos le ayudaba a pensar y calmarse. Aunque pareciera extraño, mientras lo hacía le llegaban momentos de inspiración y deseos de hacer otras cosas.
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Calcomanie (Décalcomanie 1)
Romance¿Me creerías si te dijera que el hilo rojo no es lo único que destina a dos personas? En una localidad al sur de Francia. En la década de los ochenta, vive Lily Diallo una joven con el sueño frustrado de ser escritora. Todos los meses compra un nuev...
