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Diciembre, 1982

Lily y Martín iban tomados de la mano, sus cuerpos se agitaban por la calle donde pasaban. El taxi que los llevaba era un poco imprudente. Se pasaba los altos sin siquiera asegurarse de que no vendría nada y rebasaba sin cuidado alguno, tocaba el claxon sin cuidado alguno, como si la calle fuera de él.

       Se vieron al mismo tiempo cuando el taxista se pasó otro alto. Dios, sería un milagro que pudieran llegar a su destino sin ningún inconveniente. Iban camino a la universidad donde Lily haría su examen. Habían pasado un día ahí en París.

       Sinceramente, no les daría tiempo de poder hacer algo o visitar siquiera algunos atractivos. Estaban ahí de fugitivos, sobre todo Lily, que se había logrado desaparecer por tres días de casa con la excusa de que iba a quedarse con Fleur.

       Por eso, tenían su itinerario exacto. Un día para llegar, el siguiente para su examen y el tercero para poder regresar sin levantar sospechas. Esos dos días que iban, Lily la había pasado más nerviosa que nunca. Tenía miedo de ser descubierta por su madre y que tuviera que escuchar lo mucho que la había decepcionado por mentirle.

       Se aferraba a que se debían hacer sacrificios para poder cumplir el sueño que se tiene. Las cosas no llegan solas, se aferraba a que si seguía martillando la piedra de forma insistente algún día podría romperla y vería el oro al otro lado de la roca.

        Solo debía ser persistente. La perseverancia se premia.

         —Mira esa cafetería, Nicolás.

         Lily señaló el lugar donde iban pasando. El taxista se detuvo unos pocos instantes. El rótulo de la cafetería decía "désir" en letras medianamente grandes. El lugar se veía hermoso, como ninguna cafetería al Sur de Francia.

          París era otro mundo.

          Para ella todo era diferente. Todo era nuevo, más actualizado y grande. Tenían mejores cosas, incluso las calles tenían mejor asfalto, los coches y autobuses eran más frecuentes. Era la gran ciudad de París. La ciudad de las luces, incluso desde el dormitorio de ella podía verse la Torre Eiffel.

          Estaba viviendo un sueño en la realidad. Su corazón no se daba alcance para sentir todas las emociones. Quería llorar de tan solo imaginar que un día cabía la posibilidad de que ella caminara por esas calles, de ir a tomar un café luego de ir a sus clases. Le fascinaba pensar que ella viviría en París como estudiante, que se subiría al autobús de camino a su lugar de vivienda y bajaría para nunca irse.

            Sus días podrían parecer monótonos, pero para ella era un sueño. Todo lo de París era lo más espectacular.

           Rogó en esos instantes que Dios le permitiera vivir ese sueño. Lo deseaba con cada centímetro y fibra de su ser. No deseaba mucho, pero deseaba vivir esa vida aunque fuera por unos instantes. Por más fugaz que fuera, quería un poco de eso para ella.

          «Por favor, por favor» rogó a sus adentros, mientras cerraba sus ojos.

           —A lo mejor después de tu examen venimos aquí. Debemos celebrar — dijo Nicolás.

           Lily abrió sus ojos y volvió a ver a Martín. Le dedicó una sonrisa de medio lado y un bonito colorete natural que se dejó ver en sus mejillas. Sus manos se apretaron contra las de él.

           —No tenemos aún nada que celebrar — susurró.

            —Realizar un examen amerita celebración. El éxito también está en los pequeños pasos, Lilian. Celebra que has realizado un examen y luego celebraras por haber ganado. Todo paso es un avance al éxito, también debería ser celebrado.

Calcomanie (Décalcomanie 1)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora