¿Me creerías si te dijera que el hilo rojo no es lo único que destina a dos personas?
En una localidad al sur de Francia. En la década de los ochenta, vive Lily Diallo una joven con el sueño frustrado de ser escritora. Todos los meses compra un nuev...
Desde que Alizze tiene recuerdos, le había quedado claro una cosa, y era que no tendía a ser una persona cariñosa, no le gustaba mostrar mucho afecto y, si ella supiera de los lenguajes del amor, seguro que diría que el físico no era el de ella. Nuca le había gustado que la abrazaran, o que le dijeran lo mucho que le querían.
Su mundo en la edad de la juventud, había sido luchar para un puesto e intentar alcanzar sus sueños. Demostrar que podía, sobre todo, a esa mujer que nunca le abrazo por haber nacido mujer y que de vez en cuando, le tocaba llamarla "madre" y, que luego de algunos años, la vio decirle «te lo dije» cuando fracasó.
Desde ese momento, ella confirmó que construir relaciones sociales con las personas era una perdida de tiempo, pero luego se encontró con el hijo joven y apuesto del señor de la tienda de empeños donde ella dio todo lo que le quedaba de su sueño de ser científica.
Fue donde conoció a Antoine Diallo. Fue ese hombre quien le enseño de nuevo el amor, de lo que es buscar ser feliz con alguien y, aunque se terminó casando con él porque solo se le escapó el «sí» cuando Antoine le dijo «¿Te quieres casar conmigo, Alizze?», tiempo después comenzó a quererle.
Y le quiso tanto porque un día, cuando Antoine no estaba, ella buscando algo en la cochera, encontró entre las cosas algunas cosas de ella cuando quiso soñar a ser científica. Él había guardado el sueño de ella consigo, porque por esas cosas, ahora ella era un poco más feliz aunque no lo demostrase.
Por eso, por todo aquello que ella había vivido con él, era que cada noche se acostaba con un pesar en su corazón, con el nudo en su garganta y dormía luego de llorar varias horas seguidas. Había pasado cada noche pidiendo: «No te lo lleves, Padre, por favor déjalo conmigo» oraba cada que podía.
Sin embargo, el amor tiene una parte curiosa y es algo con lo que no se puede lidiar aunque uno mismo lo esté sintiendo. Alizze estaba a punto de descubrirlo.
—¿Te duele mucho? — preguntó, en un susurro.
Su mano sostenía la de Antoine, quien tenía los ojos cerrados por el cansancio, por el dolor, por la vida.
—Me duele — balbuceó. —Me duele mucho, mi querida Alizze.
Alizze cerró sus ojos con fuerza, porque hacía muchos años que no escuchaba esa forma en que Antoine la llamaba.
—¿Qué quieres hacer, Antonie? — preguntó, con la pesadez en su voz.
—Quedémonos aquí, si papá nos encuentra, me matará porque robe tus cosas de la casa de empeños — murmuró.
Entonces, Alizze dejo que las lágrimas salieran con fuerza, porque empezaba a comprender que Antoine, su Antoine estaba perdiendo la noción del tiempo. Olvidando cosas y dedicándose a respirar. Solo a respirar.
Algunas veces, soltar también es parte de amar.
Ese día, Alizze tuvo que soltar a Antoine.
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